8/23/2010

FILOSOFIA

Posted by Edwin Yanes on lunes, agosto 23, 2010 in , , | 1 comment
He peregrinado cerca de cuarenta años por dos o tres rincones del mundo buscando esa piedra filosofal llamada la verdad. He consultado a todos sus adeptos de la Antigüedad, Epicuro y san Agustín, Platón y Malenbraque, y estoy tan a ciegas como al principio. Quizá en los crisoles de esos filósofos haya una o dos onzas de oro, pero todo lo demás es residuo, caput mortuum, fango estéril, con el que nada puede hacerse.

Siempre me ha parecido que los griegos fueron nuestros maestros, si bien escribían más para ostentación de su ingenio que para instruir. No encuentro un solo autor de la Antigüedad que haya seguido un sistema metódico y claro y proceda razonablemente, tratando de unir y combinar los sistemas de Platón, Aristóteles y los orientales. Tal es poco más o menos la sustancia que de ellos he podido reunir. No es un ser inteligente, como yo, el que planeó la creación del mundo, porque yo no puedo crear ni una higa; luego, el mundo es obra de una inteligencia prodigiosamente superior.

Ese ser, que posee inteligencia y poder omnímodos, ¿existe necesariamente? Sí, porque es indispensable haya recibido el ser de otro o exista por propia naturaleza. Si recibió el ser de otro, lo que es difícil de concebir, tengo que recurrir a este otro y ese otro será el primer motor. Cualquiera de las dos cosas que elija, tengo que admitir siempre un primer motor poderoso e inteligente que lo sea necesariamente por propia naturaleza. Ese primer motor, ¿creó las cosas de la nada? Esto no se concibe; crear de lanada es convertir la nada en algo. No debo admitir tal creación, cuando menos hasta que encuentre razones incontrovertibles que me obliguen a admitir lo que mi inteligencia no puede comprender.

Todo lo existente parece que exista de modo necesario, dado que existe, porque si hay actualmente una razón para demostrar la existencia de las cosas, también la hubo ayer y la habrá en todos los tiempos y, esta causa debe haber tenido siempre su efecto, porque si no toda la eternidad habría sido una causa inútil. Ahora bien, ¿cómo habrán existido las cosas siempre, estando visiblemente bajo la dirección del primer motor? Será, pues, indispensable que esa potencia haya obrado siempre; lo mismo, poco más o menos, que no puede haber sol sin luz, que no puede haber movimiento sin que exista un ser, sin que éste pase de un punto del espacio a otro. Luego existe un ser poderoso e inteligente que obra siempre, porque si no hubiera obrado, ¿de qué le serviría su existencia? Todas las cosas son, pues, emanaciones eternas de ese primer motor.

Mas ¿cómo concebir que la piedra y el cieno sean emanaciones del Ser Eterno inteligente y poderoso? Hay que escoger entre este dilema: la materia de la piedra y del cieno existe necesariamente por sí misma, o existe porque le da vida el primer motor. No puede haber término medio. Por lo tanto, hay que tomar uno de estos dos partidos: la materia es eterna por sí misma, o la materia es producto del Ser poderoso e inteligente.
Pero, subsistiendo por propia naturaleza o emanada del ser protector existe para toda la eternidad, puesto que existe. Si la materia es eternamente necesaria es, pues, imposible, es contradictorio, que no lo sea. Mas ¿qué hombre puede asegurar que es imposible y contradictorio que la piedra y la mosca no tengan vida? Nos vemos obligados a pararnos ante esta dificultad, que sorprende más a la imaginación que contradice los principios del raciocinio.

En efecto, desde que habéis concebido que todo emana del Ser Supremo e inteligente, que nada emana sin razón, que ese Ser que existe siempre, siempre ha debido obrar, y por lo tanto, todas las cosas debieron salir
eternamente del seno de su existencia, no debéis resistiros a creer que la materia de que están formados la piedra y la mosca es una producción eterna, como no os habéis resistido a comprender que la luz es una emanación eterna del Ser omnipotente. Puesto que yo soy un ser extenso y pensante, mi extensión y mi pensamiento son productos necesarios de este Ser. Es evidente que no puedo dotarme de extensión, ni de pensamiento; luego he recibido ambas facultades de ese Ser necesario. ¿Pudo darme lo que no tenía? Me dotó de inteligencia y me puso en el espacio; luego, es inteligente y está en el espacio. Decir que el Ser eterno, que el Dios omnipotente, en todos los tiempos llenó necesariamente el universo de sus producciones, no es privarle de su libertad; al contrario, puesto que la libertad es el poder de obrar, Dios obró siempre y por tanto utilizó siempre la plenitud de su libertad. La libertad que algunos denominan indiferencia es una palabra sin sentido, un absurdo, porque eso sería determinarse sin razón, sería un efecto sin causa. Y Dios no puede tener esa libertad supuesta, que implica contradicción en los términos. El ha obrado siempre por la necesidad que constituye su existencia.

Es imposible, pues, que el mundo exista sin Dios y que Dios exista sin el mundo. El mundo está lleno de seres que se suceden unos a otros; luego, Dios ha creado siempre los seres que se han sucedido.  Estas aserciones preliminares constituyen la base de la antigua filosofía de los griegos. De esa regla general debemos exceptuar a Demócrito y Epicuro, cuya filosofía corpuscular refutó esos dogmas. Ahora bien, debemos tener presente que los epicúreos partían de una física equivocada y el sistema metafísico de los demás filósofos subsiste al igual que los sistemas físicos. Toda la naturaleza, exceptuando el vacío, contradice a Epicuro, y ningún fenómeno de ella está en contra de la filosofía que acabo de explicar. Una filosofía acorde con las leyes que rigen la naturaleza y aceptada por los espíritus más observadores, ¿no es superior a otro sistema no revelado? Fuera de las aseveraciones de los antiguos filósofos que he sintetizado cuanto he podido, ¿qué nos resta? Un caos de dudas y especulaciones. No creo que jamás haya existido un filósofo que haya propuesto un nuevo sistema, que no haya confesado al fin de su vida que ha perdido el tiempo.

Hay que reconocer que los inventores de las artes mecánicas han sido más útiles a la humanidad que los ideadores de silogismos. El que inventó la lanzadera fue más útil que quien halló las ideas innatas.

Fuente: Diccionario Filosófico de Voltaire

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