12/14/2010

SEXO Y FILOSOFIA

Posted by Edwin Yanes on martes, diciembre 14, 2010 in , , , | No comments
I
 


Sexo y Filosofía por lo general nunca se han llevado bien. Este desencuentro se debe en gran medida a que el sexo es fundamentalmente sensación y placer, es decir, realización plena de los sentidos; mientras que la filosofía es el intento sistemático de aproximación a la verdad por medio de la razón.
Razón y sensación han sido dos antagonistas históricas en la empresa epistemológica de conocer la realidad, así como en la odisea ontológica dedicada al descubrimiento de la esencia del Ser.

Y aunque pareciera que la balanza se ha inclinado histórica y teóricamente de lado de la Razón, Baruch Spinoza, el polémico filósofo holandés de origen judío, sugirió en el todavía bastante mojigato siglo XVII, que las pasiones humanas estaban en el centro de la empresa ontológica de perseverancia en el Ser, es decir, el connatus o volición esencial del ser existente. En otras palabras, lo visceral no debía descartarse o descalificarse en la indagación acerca de las causales de la determinación de las acciones humanas.

Por supuesto que la reacción de los philosophers a la propuesta de Spinoza fue la misma que la de una señora gorda histérica, porque al otorgar un papel central al conato en la conformación de lo que hasta ese momento se conocía como filosofía moral, el autor del Tractatus theologico-politicus, colocó a las pasiones a la par de la Razón, que por siglos había estado por encima de las voliciones y los apetitos.

De hecho, es posible rastrear esta división y superposición entre razón y sensación en la teoría platónica del carruaje. En La Republica, Platón expone que el alma es como un carruaje jalado por dos caballos y conducido por un cochero. Uno de los caballos es blanco y representa al coraje, el otro es negro y representa a los apetitos; mientras que el cochero es la razón. De lo que se deduce que tanto el coraje como los apetitos, es decir, las partes volitivas del ser, son inferiores que la razón y por tanto deben ser gobernadas por ella.

Por supuesto, esto sólo acontecía en un plano hipotético y de forma prescriptiva; causa por la cual se podría afirmar que la teoría platónica del carruaje era meramente deontológica.
 
II
 
El desprecio por lo visceral y volitivo hizo que algunos filósofos en la Atenas clásica despreciaran los placeres del cuerpo, incluido entre éstos el disfrute del sexo; debido a que lo que los sentidos ofrecían no eran más que apariencias y sujetaban al ser al presidio del cuerpo.

En El Banquete, otra vez de Platón, es famosa la tentación homosexual a la que se ve sometido Sócrates por parte de Alcibíades cuando éste le incita a aprovecharse de sus encantos juveniles: “le invité a hacer gimnasia conmigo, y hacía gimnasia con él en la idea de que así iba a conseguir algo”.

En este sentido, si bien a nivel teórico existía un rechazo por parte de los filósofos hacia el sexo, por considerarlo una apetencia pasional reveladora de la debilidad del cuerpo como prisión del alma que podría llevarla hacia la perdición, a nivel cultural las prácticas sexuales en Atenas estuvieron estrechamente relacionadas con la homosexualidad, hasta tal punto que a ésta llegó a conocérsele como “el amor griego”; al que no fueron ajenos personajes tan célebres como Solón, Fidias, Sófocles y el propio Platón. Esto sin mencionar a Safo de Lesbos y otras prácticas sexuales como la pederastia, que se practicaba entre los círculos aristocráticos más importantes, y las orgías celebradas en las casas de las hetairas más famosas, como Aspasia de Mileto.

Posteriormente, con el advenimiento del medioevo y la apoteosis del cristianismo en su versión católica, es decir, universal, la relación entre el sexo y la filosofía se vio drásticamente alterada a favor de la filosofía. Pero no de cualquier filosofía, sino de la filosofía aristotélica analizada por la lente escolástica de los Padres de la Iglesia: Irineo, Anselmo y Orígenes.
 
III
 
La censura e incluso la condenación demoníaca del sexo durante la edad media, estuvo motivada al menos por dos factores. El primero de ellos fue la posición asumida por Pablo de Tarso –judío con formación helenística e influencias latinas- respecto a la libertad sexual observada entre griegos y romanos, así como al placer corporal.

En Corintios, valiéndose de un argumento hasta cierto punto milenarista, afirma que “el tiempo se hace corto, aquellos que tienen mujer vivan como si no tuvieran una” y en Romanos dice que el “deseo de la carne es la muerte”; es decir, que por medio de la carne los hombres se condenaban irremediablemente al pecado. De aquí surgió, a su vez, una noción que conduciría, por una parte, a la represión y condena de las prácticas sexuales, así como a la construcción de la doctrina del pecado original ideada por Clemente de Alejandría y perfeccionada por Agustín de Hipona, y por la otra, al extremismo de la pureza sexual que propició que algunos Padres de la Iglesia, como Orígenes, se castraran. Tal noción es la de concupiscencia carnal.

El segundo factor que condujo a la represión sexual durante el medioevo fue el surgimiento de la filosofía neoplatónica en la etapa de tránsito desde la antigüedad pagana hacia la edad media cristiana. Esta perspectiva filosófica tuvo como principal exponente al místico y asceta Plotino, que condenaba las prácticas homosexuales y extra maritales de las comunidades latinas, al punto de llegar a afirmar que “los verdaderos pensadores despreciaran la belleza de los muchachos y de las mujeres”.

En su lugar abogarían por el amorni naturalistani, que celebraba la continencia y la exaltación casta y alegre del deseo.

No obstante, resulta interesante e irónico considerar que precisamente durante esta etapa de tránsito, uno de los más acérrimos inquisidores de la sexualidad desde el episcopado y la magistratura de la Iglesia fue, antes de su conversión, un pagano licencioso que -como se diría coloquialmente- le dio vuelo a la hilacha. Por supuesto que la referencia apunta a Aureliano de Tagaste, que luego sería bautizado, acogido por la Iglesia e incluso elevado a los altares como san Agustín, obispo de Hippo Regius.

Agustín fue, quizá, el único filósofo de la antigüedad que logró establecer en lo personal una buena relación con el sexo, hasta antes, claro, de separarse de la mujer con la que vivía para dedicarse por completo a construir los cimientos teológicos y filosóficos de la Iglesia. Cimientos tan firmes que aún hoy perduran.

El otro gran filósofo del medioevo y de la escolástica fue Tomas de Aquino. Como se sabe, Tomas era monje y había tomado el voto de celibato; por lo cual se puede suponer que su relación con el sexo fue prácticamente nula, a no ser, desde luego, que practicara el onanismo. Pero no hay registros al respecto. Lo único que podemos suponer es que de forma inevitable se despertaba con alguna que otra tremenda erección por las mañanas. Como es natural.

Por otra parte, es muy probable que el único momento durante la edad media, en el que razón y sensación -que no precisamente sexo y filosofía- llegaron a coincidir, fuera el de la contemplación mística. Al respecto baste recordar que el éxtasis místico, entendido como la experiencia del encuentro con Dios y su condición de Absoluto, estaba relacionado con el paroxismo sexual hierofanico, es decir, con la unión espiritual y sagrada con lo divino. De lo contrario habría que mirar la cara de orgasmo de Santa Teresa, que refleja tal grado de satisfacción que no resulta exagerado afirmar que provocaría la envidia hasta de la ninfomana más insaciable.
 
IV
 
En la modernidad la relación entre Sexo y Filosofía continuo siendo muy ríspida, debido a que heredó el antagonismo centenario entre razón y sensación a favor de la primera.

De hecho, durante la modernidad y hasta hace muy poco tiempo, asistimos a la exaltación de la razón en detrimento de las pasiones y los apetitos. Sin embargo, es posible aunque muy arriesgado señalar que el acercamiento más próximo entre Sexo y Filosofía se dio bajo la forma literaria en la obra del Marqués de Sade.

El problema al respecto es que esa aproximación ha sido las más de las veces malentendida y descalificada como aberrante, cuando en realidad lo que hizo Donatien Alphonse Francois (nombre de pila del Divino Marqués), fue denunciar la decadencia ética de una sociedad aristocrática putrefacta, y establecer una deontología negativa que invita a la búsqueda y conocimiento de la virtud como remedio contra el vicio y las apetencias que, efectivamente, llevan a los hombres a la perdición y a la degradación moral.

Otro caso de acercamiento entre Sexo y Filosofía, aunque a nivel más bien personal, fue el de Jean Jacques Rousseau, el filósofo ginebrino autor del Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres y de La nueva Eloisa.

Aunque a través de sus escritos podemos apreciar a un gran moralista y republicano, preocupado por los valores en los que deberán ser educados los ciudadanos, la verdad de la vida cotidiana de Rousseau resulta decepcionante, porque fue un vividor y un mujeriego irresponsable, capaz de mandar a sus hijos a los hospicios públicos para desentenderse de la responsabilidad criarlos y mantenerlos.

Para finalizar, habría que considerar que la relación entre Sexo y Filosofía no ha mejorado mucho, pues pareciera que los filósofos se han resignado a vivir alejados de los placeres mundanos, entre ellos los del cuerpo. Además de que, por el propio perfil y las exigencias de la disciplina, que implican el rigor reflexivo y la capacidad de abstracción, es lógico pensar que los filósofos no son precisamente los casanovas que las mujeres esperan.

De hecho, cuando han intentado adoptar ese papel el resultado ha sido dramático, pero también grotesco e irónico; como en el caso del chaparro bigotón de Nietzsche: la única vez que tuvo relaciones sexuales, se contagió de sífilis…

Quizá el tipo ideal de filósofo, en relación con el sexo, sea Kant. Él solía decir que cuando necesitaba una mujer no tenía los medios para mantenerla, y que cuando los tuvo, ya no la necesitaba.

Kant murió célibe, pero feliz.
 

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