1/07/2011

EN EL LICEO ARISTOTELICO

Posted by Edwin Yanes on viernes, enero 07, 2011 in , , | No comments
Lo «filosófico» se aplica hoy a casi todo: «Los Simpson», «Los Soprano», «Perdidos» y «Harry Potter». Son los nuevos «best sellers», salvo excepciones, soporíferos y sin interés
Superman es uno de los superhéroes que se ha pasado a filósofo.

Algunas decisiones son más importantes que las que tomó Bush durante su turbulenta presidencia o los controladores infames el día de marras. Pienso en qué te puedes llevar al váter para leer en momentos de urgencia corporal o qué programa de la tele resiste infinitas reposiciones. Ni un tratado de mecánica cuántica ni un debate de La Noria soportan la prueba del algodón de lo escatológico o de los minutos de la basura en eterno retorno. Sin embargo, los cómics de Superman o Batman y la serie de Los Simpson aguantan la erosión del tiempo o la sordidez ambiental. No necesitaba que me dijeran que son «productos culturales» ni que adquieran la sublimación «artística» para proporcionarme una ración más de placer, indudablemente inteligente.

Los tomos de más de cuatrocientas páginas cada uno dedicados a Los Simpson y la filosofía y Los superhéroes y la filosofía me atraían y, a la manera catártica, al mismo tiempo sentía que algo potente me repelía. Las portadas son muy atractivas y la visión de Wittgenstein, Foucault, Kant, Sartre & Cia., dibujados al estilo los personajes creados por Matt Groening, o de Marx como un musculoso vengador con la hoz y el martillo junto a Descartes con superpoderes, era demasiado tentadora para que no cediera a la dimensión entrometida de la curiosidad. Lo que no me esperaba es que los ensayos recopilados fueran tan plúmbeos y, en términos generales, carentes de interés. Conviene aclarar que casi todos los autores que han volcado sus conocimientos sobre esos asuntos de «cultura popular» son profesores de filosofía anglosajones con una tendencia a soltar el rollo analítico y aburrir a todo aquel que se ponga en sus manos.
El anillo de Giges
Da igual quienes «aparezcan» en las portadas porque la verdad es que el protagonista obsesivo es Aristóteles, que lo mismo sirve para un roto que para un descosido. Resulta que Homer tiene algo, aristotélicamente hablando, de admirable, o que la amistad de los superhéroes debe contemplarse en la perspectiva de la Ética nicomaquea, porque el fundador de la metafísica aclara, entre otras cosas, los enigmas de la Batcueva.

Algunos argumentos sobre la vida virtuosa se repiten hasta la saciedad y hay ejemplos, como el del anillo de Giges de La República de Platón, que están, literalmente, clonados, como puede comprobarse leyendo los ensayos de Jeff Brenzel («¿Por qué son buenos los superhéroes? Los cómics y el anillo de Giges») y C. Stephen Evans («¿Por qué deberían ser buenos los superhéroes? Spider-Man, la Patrulla X y el “doble peligro” de Kierkegaard»).

Todos sueltan un soporífero discurso sobre un filósofo para luego decir que eso se puede aplicar al tema prometido.
En un simple ejercicio de ciencia ficción post-histórica, podemos sugerir que si Rafael resucitara en este siglo demoledor tendría que pintar a los verdaderos protagonistas de la escuela de Atenas: Superman (con su gesto apuntando las ideas en lo alto) y Batman (descaradamente materialista, anclado en la dimensión terrenal). Homer tendría garantizado el papel de Diógenes, el perro cínico, aunque ese es un terreno que estos filósofos del cómic o de los Simpson no pisan con conocimiento de causa.

Terry Eagleton, con su habitual mezcla de lucidez y mala leche, apuntó en su polémico libro Después de la teoría que en las orillas inhóspitas de la academia, el interés por la filosofía gala ha dejado paso a la fascinación por el beso francés y la política de la masturbación ejerce una fascinación mucho mayor que la política de Oriente Próximo.

Nadar y guardar la ropa
Es algo, cuanto menos, preocupante, que en cientos de páginas sobre los superhéroes y los Simpson apenas aparezca una sola alusión al contexto social e histórico de paranoia política, desencanto social y debacle total en el que han enraizado esas producciones simbólicas. Tal vez lo único que estaban haciendo estos sesudos ensayistas era salir un rato de excursión, dejar sus confortables despachos para hacer algo un tanto «heterodoxo». Salvo aquellos que, como Mark Waid, tienen que ver directamente con el cómic (ha sido guionista, nada más y nada menos, que de Superman o de Kingdom come), todos han realizado el impagable ejercicio de nadar y guardar la ropa; esto es, han soltado un soporífero discurso sobre un filósofo para luego decir que eso se podría aplicar al tema prometido. Así, Bart es heideggeriano por obra y gracia de la homeopatía teorética.

Da igual quienes «aparezcan» en las portadas porque el protagonista obsesivo es Aristóteles
Es admirable –lo digo con mala fe, evidentemente– que unos tipos que han revisado cómics sin tino o que han tomado notas de diálogos «simpsonianos» y establecido cartografías relacionales entre episodios, hayan perdido de vista la esencia divertida de aquello que han convertido en terriblemente tedioso. Por lo menos Umberto Eco, que brilla por su ausencia a pesar de lo pertinente que habrían sido sus meditaciones, ya subrayó en Apocalípticos e integrados que había que intentar pensar la cultura sin los prejuicios del mandarinato ni la mera justificación del status quo.

Hoy estamos en una nueva forma del cogito interruptus que consiste en «deshidratar» lo más sabroso para poder hacer un menú delirante y, si se tiene pretensiones, deconstructivo. La pose pop no cambia sustancialmente las cantinelas académicas y, a fin de cuentas, la aproximación entre una concepción estrechísima de la filosofía y los Simpson o los superhéroes es tan estéril como lo sería si se ocuparan de las películas de David Lynch o de la natación sincronizada.

Metafísica angustiosa
Nada impedirá que este tipo de productos editoriales proliferen, especialmente cuando la estrategia paródica (a la que dedica uno de los mejores ensayos Deborah Knight: «La parodia popular: Los Simpson y el cine de gánsters») es hegemónica en nuestra época. Entre el citacionismo de la familia de Springfield y la metafísica angustiosa de los superhéroes (esos enmascarados que han terminado por servir al Estado Imperial), intenta hacer un guiño de complicidad a una modalidad del ensayo que es tan insustancial cuanto aparentemente profunda.

Para conseguir un espacio fecundo de intersección entre Así habló Zaratustra, de Nietzsche, y El Retorno del caballero oscuro hace falta mucho talento y otro talante, no olvidar el humor y tampoco el placer que los textos (filosóficos o propios de la cultura popular) proporcionan. Porque el modo de la «conjunción» de las cosas no debe ser inevitablemente un coñazo o, por lo menos, podemos soñar con otra copulación (ese «y» que vincula a los superhéroes y a los Simpson con la filosofía) más intensa y menos pedante, divertida y no por ello banal. La tarea heroica o chapucera, disponible para Superman o para Homer, de pensar y actuar en nuestro mundo reclama un tono que, precisamente, nos arranque del desánimo, o que no provoque, súbitamente, el bostezo.

Fuente: http://www.filosofia.mx/index.php?/perse/archivos/en_el_liceo_aristotelico

0 COMENTARIOS/OPINIONES:

Publicar un comentario

Tus comentarios son el motor que me impulsan a seguir publicando...gracias.