2/17/2011

RAZON ESTETICA

Posted by Edwin Yanes on jueves, febrero 17, 2011 in , , | No comments
Es curioso que el pensamiento haya vivido siempre en régimen de dictadura; tiende a ello, a imponerse como único, cuando no es sino uno de los muchos

Los objetos y los discursos razonables son tan heterogéneos entre sí, que obligan a pensar que «la razón» nombra un colectivo de componentes tan distintos, que en rigor no significa nada: hay razones, no razón. Esto no impide que se defina al hombre como ser racional; significa que colecciona razones; los animales, no.
La razón como concepto significa sus objetos, como la sensorialidad los suyos: el conjunto de los sentidos con sus objetos propios, tan disparejos como la vista y sus colores, y el olfato y sus perfumes. A la comprensión de la razón la ha dañado el fenómeno de una razón de objeto tan genérico como lo real. Real lo es todo. Pero los componentes de ese todo son reales de manera tan distinta, que la racionalidad de uno no sirve para pensar razonablemente los demás, sino en cuanto son como él, reales: es decir, en cuanto ya no son «los demás».

GASPAR MEANA
Trato de la razón estética, no por mi interés en ella (lo tengo y grande), sino como ejemplo de que es razonable de modo distinto de cómo lo es, por ejemplo, la ética, la persona, la geometría, la sociedad, la religión; como ejemplo de que es falaz, y metodológicamente antidemocrático, erigir un tipo de razón como dictadora de lo que es y de lo que no es razonable.

Es curioso que el pensamiento haya vivido siempre en régimen de dictadura; tiende a ello, a imponerse como único, cuando no es sino uno de los muchos. La historia de la cultura (y de la política, y de la religión) es la secuencia de dinastías racionales de un solo apellido. Es, pues, una historia de hegemonías, de revoluciones que las derrocan y enseguida se ponen a mandar, hasta el nuevo alzamiento. La historia de la razón es la de una revolución siempre pendiente.

Un libro cuya lección seguimos sin aprender es ‘La crisis de las ciencias europeas y la fenomenología transcendental’, de Edmund Husserl (1900-1901). «Estar en crisis una ciencia significa que su cientificidad genuina; esto es: el modo como se propone sus objetivos y su metodología, se han vuelto problemáticos» (Crítica. Barcelona, 1991, p. 3.). Pero se trata de algo más que problematicidad; se trata de su causa: el monopolio de un modelo de realidad y del modelo de razón cortado a su medida. Husserl lo llama «naturaleza idealizada según un modo de ser absoluto, es decir, «único», siendo el factor idealizante el pensar matemático» (p. 303). 

«Naturalismo» se llama a este abuso de poder. Husserl termina así: «La crisis de la conciencia europea (ya no habla de la de las ciencias.) sólo tiene dos salidas; una: la decadencia de Europa en la alienación respecto de su propio sentido racional de la vida, la caída en el odio espiritual y en la barbarie»; ¿no estamos en ello?
Nuestro ‘olvidado’ Ortega ofreció una tabla de salvación -aunque sólo filosófica, pero ya era mucho- para flotar en el mar de dudas: el sentido vital de la racionalidad; yo diría: el sentido vital de la racionalidad múltiple, abierta a lo heterogéneo.

Sigue Husserl, «la otra salida es el heroísmo de la razón que supere definitivamente al naturalismo» (p. 358). Añado: no por naturalismo, sino por modo de razón alzado sobre el pavés que lo corona como racional único. Yo acepto el naturalismo como modo de razón, pero no como modo-rey, sino como ciudadano; pero ocupémonos de la razón estética.

Platón le dedica dos diálogos; uno exclusivo, el Hipias Mayor, otro parcial: Fedro. El primero acaba con estas palabras de Sócrates «Lo bello es difícil». El lector de Platón no se extraña de que sus diálogos terminen en un ‘impasse’. No es un fracaso sino el hallazgo de la falta de salida al final de un callejón: era lo que buscaba: mostrar que el planteamiento políticamente correcto de un problema estaba errado. A veces, hay alternativa; en el Hipias no, sino un muro. Y sin embargo la había; pero pasa que allí Sócrates no se cuestiona el error de su propio planteamiento. Sale a la caza de una idea de belleza: lo bello en sí: predetermina la naturaleza de lo que busca. Encuentra objetos bellos, como una hermosa yegua o a Helena de Troya, pero ninguno como la idea buscada; algo embellecería a los objetos que lo poseyeran: no serían un objeto, sino dos. El fracaso socrático se repite en las estéticas que tratan de la belleza en general.

Angelus Silesius (1624-1677) se descamina hermosamente en dirección contraria en su poema ‘Die Rose ist ohne Warum’ (‘La rosa no tiene porqué’). Propiamente, no se refería a la rosa, que sí lo tiene: es un caso particular de flor, homogénea con otras; pero éste es un asunto botánico, no estético. Se refería a la belleza; la belleza es única de cada flor, y su ‘warum’, su razón o ‘porqué’, demanda (objetivamente) su ser único, y una capacidad humana de percibir lo único, es decir, lo real. Fuera de la mente, no existe lo genérico, pero lo proyectamos sobre lo singular: hacemos de lo único, lo acostumbrado.

Aristóteles sitúa la belleza en la imitación («mímesis») de lo real; pero en una imitación que se logra en la medida en que lo deshabitúa. En alemán, se llama ‘entfrendung’ (extrañamiento o destierro) al ardid deshabituador. Nos instala en lo habitual, pero como en lo extraño, para que lo veamos como nuevo; es decir, lo veamos. «La mímesis es tanto más eficaz cuando se obtiene con recursos contrarios a lo esperado» (Poética 52, 1-4).

Platón, en Fedro (250), supera el fracaso del Hipias: la belleza no es una idea, sino es esplendor de todas, es decir, de lo realmente real. Miguel Hernández nos hace presente la realidad de un dolor deshabituándolo con un doble exilio: destierra el cuchillo de su patria, la cocina, y el terror, de los colmillos del tigre y lo renueva como una hoja de reflejos carnívoros. ¿No da esto razón del dolor en cuanto realidad hiriente? Esta razón es estética. Se podría decir más: lo diremos; las estéticas suelen venir en libros de grueso bordo como galeones. Falta hablar de la forma y del extraño motivo por el que lo habituado horrible, puede agradarnos cuando lo deshabitúa el arte.

ANTONIO PÉREZ DE OVIEDO ES DOCTOR EN TEOLOGÍA Y LICENCIADO EN FILOSOFÍA.

Fuente: http://www.elcomerciodigital.com/prensa/20110216/opinionarticulos/razon-estetica-20110216.html

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