5/16/2011

EL AMIGO DE MARX

Posted by Edwin Yanes on lunes, mayo 16, 2011 in , , | No comments
El historiador Tristram Hunt invita a redescubrir la figura de Engels con una biografía minuciosa y llena de encanto.

Engels junto a su compañera.

Durante el curso de 1841, el aula número 6 de la Universidad de Berlín no era exactamente una clase. Era más bien un hirviente laboratorio ideológico. En él se estaba fabricando una sustancia etérea, sensible y poderosa: el contradictorio espíritu de la segunda mitad del siglo XIX. La asignatura que se impartía en aquella aula tenía un nombre fascinante: Filosofía de la revelación.

 Las clases corrían a cargo de un profesor de prestigio legendario: el idealista Schelling, que a sus 66 años ocupaba por encargo directo del rey Federico Guillermo la cátedra que había pertenecido a Hegel, el dialéctico materialista, su gran enemigo. Frente al ingrávido Schelling, entre sus alumnos «extraordinarios, selectos, numerosos y variados», tres mentes de primer nivel dispuestas a la controversia: un muchacho de aspecto feroz llamado Mijail Bakunin, un chico serio llamado Soren Kierkegaard y un alegre joven burgués llamado Friedrich Engels.

Engels tenía 21 años y estaba en Berlín recibiendo instrucción militar. Siempre que podía escapaba del cuartel y asistía a las clases de Schelling para evitar que éste «profanase la tumba del gran hombre». El gran hombre era Hegel, a quien Engels había definido el año anterior en un artículo como «el último filósofo». Hijo de una severa y próspera familia de comerciantes textiles, Engels era por entonces un joven idealista, altanero y vividor: un espíritu inquieto fascinado por Shelley, el movimiento romántico, la Joven Alemania de Heine y la recién descubierta filosofía hegeliana.

No hay duda de que Engels era feliz en Berlín. Disfrutaba de una copiosa renta y de abundante tiempo libre. Pasaba los días en las bibliotecas y en las cervecerías, leyendo, brindando y discutiendo con otros jóvenes hegelianos. Era un pensador, era un vividor. Paseaba por la ciudad con un hermoso spaniel al que había enseñado un truco: ladrar a los aristócratas. Aficionado a los romances y las francachelas, sólo había una cosa que parecía importarle tanto como las nuevas ideas: su propio aspecto. En una carta de la época, el padre del socialismo le explicaba a su hermana lo estupendamente que le quedaba el uniforme: «Dicho sea de paso, el uniforme es magnífico. Azul, el cuello negro adornado con dos anchas bandas amarillas (.) Te aseguro que el efecto es de lo más impresionante, y que merecería ser objeto de una exposición». Tanto, que Engels había asistido de uniforme a un recital del poeta orientalista Rückert: «El pobre se quedó tan encandilado con mis botones brillantes que perdió el hilo de lo que estaba diciendo».

Manchester
Cuando Engels terminó la instrucción militar en Berlín, su padre tomó una de esas decisiones bienintencionadas que terminan provocando un efecto totalmente indeseado. En esta ocasión, el efecto fue global y perdurable. Digamos que incluso cambió el devenir de la humanidad. Viendo que su hijo adoptaba unas posturas cada vez más radicales, el respetable comerciante Friedrich Engels decidió enviarlo a ocuparse de las inversiones familiares en Inglaterra. El plan sonaba bien. Consistía en darle mucho trabajo y mantenerlo alejado de sus disolventes amigos de Berlín.

Aquello fue un fracaso antológico. Engels se instaló en Manchester en 1842, pero allí no consiguió convertirse en un hombre de provecho. Lo que hizo fue adquirir la experiencia práctica que, sumada a los conocimientos teóricos y el aliento romántico adquiridos en Alemania, contribuiría decisivamente a dar cuerpo a una de las ideologías más influyentes de la historia. En Manchester, Engels conoció de primera mano el sufrimiento y la miseria de los trabajadores industriales y escribió ‘La situación de la clase obrera en Inglaterra’, uno de los textos fundacionales del marxismo.

Pero por supuesto faltaba algo para que el marxismo terminará de tomar su forma doblemente material. Faltaba Marx. Engels y ‘El Moro’, aquel hombre imparable al que Moses Hess describió como una combinación de «Rosseau. Voltaire, Holbach, Lessing, Heine y Hegel», se conocieron en el invierno de 1842, en Colonia, en la redacción de la revista ‘Rheinische Zeitung’. Según Engels, fue «un encuentro frío». Faltaba poco para que Engels se fuese a Inglaterra y los dos hombres no volverían a encontrarse hasta el verano de 1844, cuando Engels visitó a Marx en París. Entonces pasaron diez días bebiendo cerveza en los cafés y comprobando -son palabras de Engels- su «acuerdo total en todos los campos».

El resto es conocido. Durante los siguientes cuarenta años, Engels y Marx fueron amigos íntimos y constituyeron el equipo político y filosófico más influyente de su tiempo. Compartieron el trabajo intelectual, los viajes, las condenas, el activismo. Resistieron ataques y exilios, fantasearon con enormes cambios sociales y participaron -aunque generalmente llegando un poco tarde- en los grandes episodios revolucionarios de su tiempo. En todo ese tiempo Engels sostuvo económicamente a Marx y se preocupó de su familia como si se tratase de la suya propia. También supo atemperar el carácter terrible de su socio y, por supuesto, realizó aportaciones fundamentales a la corriente ideológica que daría en llamarse marxismo. Engels fue el más leal amigo de Marx hasta el día mismo de su muerte, cuando le vio expirar «en paz y sin dolor». Julian Harney se refirió a la relación entre ambos en una carta dirigida a Engels tras la desaparición de su socio: «Tu amistad y tu devoción, su cariño y su confianza, hicieron que la relación fraternal entre Karl Marx y Friedrich Engels fuese algo muy distinto de lo que he conocido en otros hombres. Que entre vosotros había un vínculo que superaba el amor de una mujer no es más que la verdad».

Aire tunante
Tristram Hunt recupera ahora la figura de Engels en ‘El gentleman comunista’ (Anagrama), una impecable biografía llena de encanto. El próposito del joven historiador inglés -y parlamentario laborista desde hace un año- es reivindicar la modernidad de las ideas de Engels, pero también su personalidad atractiva, su carácter notablemente antidogmático. En opinión de Hunt, la figura del pensador alemán es una interesante mezcla de pasión, talento y contradicción: «Lo que convierte a Engels en una fuente fascinante de la investigación biográfica es el trasfondo personal de su proeza filosófica, la intensa paradoja y el sacrificio ilimitado que caracterizaron su larga vida».

Lejos de la frialdad sovietizante con la que nos ha llegado en ocasiones la figura de Engels, Hunt dibuja en su libro a un hombre apasionado, valiente y profundamente divertido. Alguien que aspiró a dinamitar el mundo en el que creció y fue un privilegiado. «Era un hombre con cierto aire de tunante que vivía por todo lo alto», escribe Hunt. «Buen bebedor y amante de las cosas buenas de la vida, como la ensalada de langosta, la cerveza Pilsener y las mujeres caras».

En opinión de Hunt, ha llegado el momento de volver una mirada desprejuiciada sobre Engels: «Si hoy vuelve a oírse la voz de Marx, entonces también ya es hora de terminar con el recato de Engels y permitir que sus ideas, profundamente iconoclastas, se exploren al margen de la memoria de Marx». Tras leer la inteligente y humana biografía escrita por Tristram Hunt dan ganas de hacerlo sin ambages. En ella abundan las anécdotas desternillantes.

«¿Cuál es su idea de la felicidad?», le pregunta a Engels la pequeña Jenny Marx, jugando a ‘Las confesiones’, un pasatiempo de moda en la época victoriana. La respuesta de Engels, materialista y científica: «Château Margaux 1848».

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