5/24/2011

LA VIDA, EL CUERPO Y LA ENFERMEDAD

Posted by Edwin Yanes on martes, mayo 24, 2011 in , , , | No comments
María Luisa Bacarlett ha escrito que cualquier intento por decir algo sobre el pensamiento de Nietzsche está condenado al tartamudeo. Y esta es una visión que comparto. ¿Quién puede jactarse de haber comprendido al filósofo de Röcken?

¿Quién, luego de leerlo, no ha quedado con una sensación de vacío, sin un asidero, sin nada seguro a lo cual aferrarse?

¿Quién no ha experimentado el sabor amargo que queda en la boca luego de saber que la verdad, la bondad, la belleza, la justicia y la fe en Dios, luego de Nietzsche, han perdido validez y sentido? Y es que, como sabemos, el pensamiento de este filósofo alemán fue explosivo. Con él se desvanece la confianza en la razón y la verdad, en la ciencia, la ética y los valores, en la historia y el orden social y político, en la religión y Dios, en la fe y el progreso. La reflexión nietzscheana tornó sospechoso al hombre y todos sus ideales. Pero María Luisa Bacarlett ha dicho en su libro Friedrich Nietzsche. La vida, el cuerpo y la enfermedad, que más allá de los tópicos en los que se concentran las diversas interpretaciones de la obra de este pensador: la muerte de Dios, el nihilismo, la voluntad de poder, el eterno retorno, el superhombre, etc., existen otros que son actualmente explorados; tópicos que caben en aquella expresión heideggeriana de “biologismo nietzscheano” y que se refieren a la vida como fenómeno biológico, al cuerpo como entidad orgánica y a la enfermedad, como experiencia y estado corporal.

La autora recoge precisamente estos temas y nos recuerda que en la historia de la filosofía occidental el cuerpo ha sido motivo de vergüenza. Como “cárcel del alma”, el cuerpo es corruptible, mutable, temporal, finito, mortal… El cuerpo mengua, es decir, degenera, se deteriora; pero no sólo eso, históricamente, al ligarse a él los deseos y apetitos, la enfermedad y desde luego la muerte, el cuerpo ha sido identificado con lo perecedero e imperfecto. Por ello ha sido el gran ausente en la reflexión filosófica de Occidente, salvo contadas excepciones entre las que destacan Spinoza, Schopenhauer, Nietzsche, y más cerca de nosotros, Canguilhem y Foucault quienes, con sus reflexiones, han venido a romper una larga tradición que ha mirado con el rabillo del ojo la existencia corporal y pasado por alto la importancia del cuerpo como una forma de asimilar el mundo.

Nietzsche, sugiere la también autora del texto Filosofía y enfermedad. Una introducción a la obra de Georges Canguilhem, es “uno de los pocos filósofos que en occidente se ocupó del cuerpo, de sus enfermedades y dolores como dato imprescindible, no sólo de la filosofía, sino del acto mismo de hacer filosofía”. Junto con Müller Lauter, Bacarlett asegura que el tema del cuerpo y de la vida es el hilo conductor de la filosofía nietzscheana y no sólo uno de sus temas centrales. Y es que, como parece desprenderse de la lectura del libro, no tenemos cuerpo, somos cuerpo. El cuerpo es receptáculo pero también motor. Es el dato más íntimo, la realidad más innegable que nos constituye. El cuerpo es el fundamento que, a pesar de haber sido negado o despreciado, ha servido de cimiento para aquello que la metafísica ha favorecido y privilegiado: la razón, el conocimiento, el alma, la conciencia.

Nietzsche supo de lo que hablaba al defender en sus escritos la importancia de lo orgánico, pues vivió “en carne propia la enfermedad, la convalecencia y la invalidez”. Esta vuelta a lo corporal que puede desprenderse de una de tantas posibles lecturas de la obra nietzscheana, subraya la preponderancia del cuerpo respecto a la conciencia, “una de las capacidades más tardíamente adquiridas por lo orgánico”, dice la autora. Facultad tardía, inacabada, inferior en relación con el cuerpo, deficiente pero además propensa a falsificar y a emitir interpretaciones más simples y falsas que busca darle unidad y sentido a la complejidad y a lo que no tiene razón de ser.

El cuerpo es interpretación; y toda interpretación es invención, ilusión que recorta, de un fondo primordial y monstruoso, un trozo de sentido a partir del cual irrumpe una parte de la voluntad de poder que vitaliza al mundo e instaura un punto de vista. El cuerpo es, por tanto, representación de lo que subyace en el mundo, pero también es asimilación y perspectiva. De ahí que María Luisa recupere la idea de que el actuar de toda voluntad, de todo cuerpo y pensamiento, sea digestivo, es decir, esté orientado a volvernos familiar lo extraño, a asimilar e incorporar lo ajeno.

Respecto a la salud y la enfermedad, la autora concluye diciendo que ambos términos forman una simbiosis, lo que no implica mirar la enfermedad como aquello que entorpece la vida sino como requisito fundamental para el fortalecimiento de la propia salud. Ser o estar enfermo puede verse, sí, como signo de debilidad y decadencia, pero también apertura a una salud desconocida, vinculada a la gran salud, esa que, según Nietzsche, nada tiene que ver con aferrarnos a valores fijos sino con propiciar el movimiento y la exploración. En este juego de coexistencia entre la enfermedad y la salud, la convalecencia desempeña un papel central. La agonía del sufriente entabla un maridaje entre la desaparición del hombre y la aparición de un hombre distinto (el superhombre), tonificado y fortalecido, dispuesto a vencer los obstáculos y a “poner en riesgo su verdad más preciosa”.

María Luisa Bacarlett recupera en este libro la necesidad de la ilusión para vivir en un mundo falso, contradictorio y carente de sentido; nos invita además a superar la enfermedad histórica que vive nuestro tiempo y a reconocer que antes que seres pensantes somos seres vivientes, caracterizados por la inestabilidad, el cambio y la fluctuación. En este sentido, “el mundo que podemos representarnos es aquel que nos es dado a través de nuestras condiciones vitales”. El cuerpo viene a ser entonces no sólo el hospedero de nuestros estados orgánicos y de ánimo sino el depositario de nuestras ilusiones, el lugar en el que se anidan nuevas formas de vida, de asimilación y conocimiento, nuevas formas incluso de sensibilidad que esperan el momento oportuno para emerger.

En el libro: Friedrich Nietzsche. La vida, el cuerpo y la enfermedad, se recuperan las críticas hechas por el filósofo alemán al cristianismo, a la democracia y a la ciencia; esferas de la vida que encierran en el fondo un horror al vacío, a la diferencia y al sin sentido. De igual forma, se distingue un nihilismo pasivo —como estado patológico que al querer instalarnos en un mundo seguro y predecible nos hunde en la fantasía—, de otro activo, que lleva a concebir la vida no como un fenómeno regular y constante sino como aquello que carece de orden y de leyes, como algo inédito e insospechable que requiere la creación de nuevos valores, lo cual se logrará luego de haber destruido el edificio de nuestras creencias y dar paso a un nihilismo completo que entienda la vida “como expresión de la voluntad de poder” y reconquiste la salud que la moral cristiana —que no representa sino un síntoma, un freno, un veneno y una falsa interpretación que debe ser superada—, le arrebató para sumergirla en el fango de la enfermedad y la decadencia.

María Luisa Bacarlett nos muestra en este texto a otro Nietzsche, ese que se caracterizó por utilizar diversas expresiones con una fuerte carga corporal. Expresiones que lo llevaron definitivamente a concebir la cultura como expresión vital, como “el conjunto de ilusiones que cada pueblo se forma para dar sentido y maquillar lo monstruoso”.

María Luisa Bacarlett,
Friedrich Nietzsche.
La vida, el cuerpo y la
enfermedad,
UAEM,
México,
2006,
222 pp.


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