6/16/2011

DIOS Y LA CIENCIA

Posted by Edwin Yanes on jueves, junio 16, 2011 in , , | No comments
Uno de los más notables cursos sobre ‘Dios y la ciencia’ acaba de celebrarse en Ávila. Se pedía a un científico, a un filósofo y a un teólogo que tomaran posición sobre si entre el discurso religioso y el científico hay complicidad, enemistad o complementaridad.

JESÚS FERRERO

 El terremoto de Lisboa en 1755 provocó muertes, ruinas y un colosal debate teológico en toda Europa. ¿Cómo un Dios justo y poderoso, se preguntaba Voltaire, podía permitir la muerte de más de 60.000 inocentes? Aquella Europa cristiana tuvo que despedir la confianza secular en un Dios que premiaba a los buenos y castigaba a los malos. El terremoto de Murcia, hace unas semanas, no se ha preguntado por Dios sino por la solidez de las casas derrumbadas. No es casualidad que el terremoto se haya cebado en los edificios peor construidos. Se apela entonces al saber del hombre para reducir al mínimo las desgracias de la naturaleza.

Esta diferente reacción ante las catástrofes naturales da idea de que los tiempos han cambiado. Vivimos tiempos seculares y ya pocos son los que asocian los movimientos telúricos con las responsabilidades divinas. ¿Significa eso de verdad que ‘Dios ha muerto’, como proclamaba el filósofo alemán, Federico Nietzsche, es decir, que los asuntos de este mundo son cosas de la tecnociencia y que a Dios solo le cabe refugiarse al interior de la conciencia de los creyentes?

No parece. A nadie que observe lo que está pasando se le puede escapar el interés creciente por la pregunta sobre la relación entre Dios y la ciencia. Lo llamativo no es el interés de la gente religiosa por el tema sino de los propios científicos. Tiene mucho que ver en ello los descubrimientos de la astronomía contemporánea, por un lado, y de la bioquímica, por otro. Son tan sorprendentes que obligan a preguntarse de nuevo por el origen del mundo y de la vida. Y en ese empeño se encuentran con reflexiones que desde siempre han sido cultivadas por las grandes tradiciones religiosas.

Estamos lejos de la ingenuidad del primer astronauta soviético, Yuri Gagarin, que se dio un paseo por el espacio. Decía que no había visto a Dios, como si Dios fuera un Santa Claus volando en trineo por el espacio sideral. Es la misteriosa pregunta por el origen de la materia y de la vida lo que convoca la atención de los científicos.

El resultado es una multiplicación de cursos, de libros y hasta de sociedades sobre ‘Dios y la ciencia’. Uno de los más notables acaba de celebrarse en Ávila, organizado por la Cátedra Santo Tomás. Se pedía a un científico, a un filósofo y a un teólogo que tomaran posición sobre si entre el discurso religioso y el científico hay complicidad, enemistad o complementaridad. Lo original de este encuentro consistía en que se visualizaba el conflicto entre religión y ciencia a partir de una obra de teatro del dramaturgo Juan Mayorga, titulada ‘Job entre nosotros’, en la que se planteaban preguntas como el sentido del sufrimiento del inocente, el silencio de Dios ante el genocidio del pueblo elegido en los campos de exterminio, por qué la historia humana se ha construido sobre víctimas o si la vida vale la pena ser vivida. Son preguntas que afectan por igual a la ciencia y a la religión. Afectan a la ciencia porque si la ciencia dice, como suele decir, que son preguntas que quedan fuera de su alcance, habrá que concluir que la razón científica es buena para resolver muchos problemas (pensemos en las enfermedades curadas por la penicilina), pero que no se siente competente a la hora de abordar otras cuestiones que son, sin embargo, muy reales. Si la ciencia calla ante preguntas tan reales, habrá que buscar en otras tradiciones o formas de pensar respuestas que digan algo sobre el sentido de la vida. También afectan a la religión porque no puede dar a ese tipo de cuestiones respuestas simplonas que no aceptaría un hombre del siglo XXI, bien ahormado por la mentalidad científica. Si Dios calló en Auschwitz no es porque estuviera muerto sino, como dice una víctima del exterminio nazi, la joven holandesa Etty Hillesum, porque Dios no es un «tapagujeros» que ahorre al ser humano su responsabilidad. En los campos de exterminio muere una ingenua imagen secular de Dios y se inaugura otra que exige del hombre que se haga responsable de todo el sufrimiento humano.

El científico español, Fernández Rañada, autor de un recomendable libro, ‘Los científicos y Dios’, abogaba en Ávila por un buen entendimiento entre ciencia y religión, las dos tradiciones que más han influido en la historia de la humanidad, lo que no significa que no se interpelen y cuestionen. La ciencia obliga a los creyentes a madurar en sus creencias y la religión impide a la ciencia que degenere en un jactancioso mito. El citado Nietzsche decía que «la tragedia empieza donde acaba la ciencia». Por tragedia entendía esas preguntas a las que se refería la pieza teatral ‘Job entre nosotros’ y que son las del Job bíblico. Esas preguntas que antes se pensaba que no interesaban a los científicos, resulta que se las han hecho también suyas porque la ciencia no puede desentenderse de la ética que, esa sí, se pregunta si con los logros de la ciencia seremos más felices. Como decía Einstein «la ciencia sin religión está coja; la religión, sin ética, ciega». No está mal para una España que ha llegado tarde a la razón ilustrada pero que se ha echado en sus brazos con escaso sentido crítico.

REYES MATE
Es Profesosr de investigación del CSIC

0 COMENTARIOS/OPINIONES:

Publicar un comentario

Tus comentarios son el motor que me impulsan a seguir publicando...gracias.