1/02/2012

ESTACION ESPERANZA

Posted by Edwin Yanes on lunes, enero 02, 2012 in , , | 1 comment
La filosofía, en efecto, como afirma María Zambrano apoyándose en Platón es una “preparación para la muerte”, una sabiduría acerca de la espera del morir.

Sobre héroes y hazañas
El hombre es un animal que espera. Nuestra historia es la historia de seres esperantes o esperanzados. Las tres grandes redes temáticas de la espera son el amor, la muerte y la liberación en sus dos vertientes: de la prisión o cautiverio o de la opresión tiránica: liberación individual o liberación colectiva.
Todos los días esperamos, pero las esperas superiores o de primer orden recién citadas no se apagan ni siquiera en sueños. Un hombre se despierta a mitad de la noche y pregunta por su amada: “¿vas a venir” Y el poeta Claudio Rodríguez le responde: “Si tú la luz te la has llevado toda/¿cómo voy a esperar nada del alba?” Las magnas esperas producen o causan angustia y pueden ser inútiles (Penélope) o aleves (la traición a Cupido en la oda de Anacreonte). La espera de la muerte y de sus consecuencias ha sido cantada, en todos los siglos y en disímbolas latitudes, por los poetas. Quizá nadie como Teresa de Jesús: “Y de tal manera espero/que muero porque no muero”. Cesare Pavese también esperaba a la muerte. Una muerte individual, humana, con cara de Cesare o del lector del poema: “Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”. El hombre, como quería Jean Paul Sartre, es una “pasión inútil” si ha perdido la brújula de la esperanza en sus tres dimensiones o singladuras: el amor, la muerte y la liberación.

Las otras esperas son triviales o adventicias y se subsumen en las esperas mayores tal como ocurre, por ejemplo, a quien aguarda en una “sala de espera” los resultados de exámenes médicos que habrán de avisarle si padece cáncer o alguna otra enfermedad. Esta espera es hija de la que atañe a la muerte. Porque del resultado dependerá, precisamente, si el fin está cerca o distante. Lo mismo ocurre a quien cree en un juicio ulterior tras el cerrar del telón fúnebre. Un juicio final después de la muerte. En la otra orilla observamos a quienes piden que el juicio sea en esta vida (en el peor o en el mejor de los mundos posibles, según la perspectiva y circunstancia de cada quien). Así escuchamos la voz desesperada de José Ángel Valente, el poeta gallego, en su”El emplazado”: “júzgame ahora/sobre el oscuro cuerpo del dolor/y del delito”.
La filosofía, en efecto, como afirma María Zambrano apoyándose en Platón es una “preparación para la muerte”, una sabiduría acerca de la espera del morir. En cambio: ¿quién nos prepara para el amor? Por eso dice Borges en los versos inaugurales de “El amenazado”: “Es el amor: tendré que ocultarme o huir”. Difícil es encarar el resplandor del amor bajo la especie de la “única verdadera apariencia”, de la belleza que subyuga y avasalla. La preparación para el amor es aún más ardua y azarante que la preparación para la muerte. Lo digo porque el amor humano es veleidoso, proteico, mercurial, inestable. La espera del amor es distinta al amor ya dado, al amor que se experimenta desde la raíz como el amor maternal. Aquí aludo al amor de pareja, a la complacencia en el bien ajeno. A ese amor que encontramos en el origen siciliano del soneto, en la voz de Giacomo da Lentini: “Amor es un deseo que viene del corazón/por abundancia de complacencia”.

Imagen tomada de la red.

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