6/22/2012

GENESIS DE UNA FILOSOFIA

Posted by Edwin Yanes on viernes, junio 22, 2012 in , | No comments
El filósofo y sociólogo se pregunta aquí, a partir de la lectura que Heidegger y Pasolini hacen de La muerte de Iván Ilich de Tolstói, sobre la posibilidad de una filosofía que salga fuera de sí misma.

Hay que tomar un impulso para leer, por primera vez, los grandes textos de filosofía. El caso de Ser y Tiempo fue, para mí, paradigmático. Avancé doscientas páginas sin entender demasiado y, recién a partir de ahí, de una manera insólita, creí entenderlo todo. Sin embargo, sentía que todo lo que expresaba, lo hacía con una aspereza innecesaria y una autorreferencialidad excesiva.
Luego iba a asentir con la cabeza cuando alguien me sugiriera la otra traducción, o que probara con el texto en alemán. Pero estaba seguro de que la cosa no pasaba por ahí. Mi sentimiento en realidad era mucho más fundamental: creí intuir que la filosofía ya no podía reflexionar solamente por ella y para ella misma. Como sucede con el entusiasmo de las primeras lecturas, siempre desordenadas y por eso tan potentes, escribí un pequeño texto. Era un texto con un título pretencioso, como corresponde a la edad de los veinte: “La muerte de una filosofía” fue el asunto del mail que le envié a mis amigos dialécticos de ese momento. Lo que quería transmitir allí, algo que luego leí en muchos textos franceses más o menos contemporáneos (que en ese momento todavía desconocía), era una idea bastante simple y en la que, en cierto modo, sigo creyendo: que la filosofía ya no podía reclamar para sí misma ninguna pureza, y que para avanzar debía contaminarse con sus afueras: con la literatura, con el arte, en fin, con la vida.

En Ser y Tiempo, entre todas las citas que encontramos, hay sólo una que refiere a un relato. En el parágrafo 51, leemos que Heidegger apunta: “Tolstói ha pintado en su cuento La muerte de Iván Ilich el fenómeno del quebrantamiento y derrumbamiento de este uno morirá”. No es un dato menor que la referencia aparezca en una nota al pie. Aun cuando Descartes como toda la metafísica de la subjetividad sean objeto de una Destruktion, Heidegger les da un lugar en su texto principal. Sin embargo, en su opinión, la literatura no parece merecerlo. ¿Cómo Heidegger iba a permitirse citar literatura en un texto filosófico que se pretendía sistemático? El gesto es claro: la literatura no está a la altura. El menosprecio que se cristalizaba en ese gesto, luego sería compensado, podríamos decir, por el propio Heidegger. ¿Por qué hablamos, sino, de un primer y un segundo Heidegger? La exaltación de la poesía y de un poeta singular, Hölderlin, luego del famoso giro, sería un tema recurrente en quien le diera, sólo unos años antes, el espacio de una nota al pie a La muerte de Iván Ilich. En el relato de Tolstói asistimos, entonces, al derrumbamiento del “uno morirá”. Habíamos leído acerca de otro derrumbamiento en Ser y Tiempo, algo que Heidegger nombra con una palabra profundamente cristiana: la “caída”. Se refería a la caída que implica en general la vida cotidiana contemporánea: el ruido del espectáculo. El derrumbamiento del “uno morirá” sería exactamente lo contrario, una caída de la caída. Como el espejo de un abismo: cuanto uno más lejos cae, luego más se eleva. Y todo ello podría verse, nos dice Heidegger, en el moribundo Iván Ilich.

El moribundo está postrado, pero trata de convencerse. Que está mejor, que estará mejor, que ya pasará. “El dolor no disminuía, pero Iván Ilich hacía esfuerzos para obligarse a pensar que se sentía mejor”. Todos tratan de convencerlo. Pero la muerte lo rodea por todos lados. Desde la propia construcción del relato, que empieza y termina con la muerte. Y, entre tanto, una vida gris. Iván Ilich, de un momento a otro, se cae desde lo alto de una escalera. Esa caída, que parece una tontería, comienza a afectarlo con gravedad. De pensar que, allí postrado, va a perder todos los privilegios que ha alcanzado en su carrera como juez, pasa a ser conciente de que se está muriendo. Ese paso es el que implica la caída de la caída, la caída al cuadrado: la que lo lleva a asumir su propia muerte. ¿Y cómo se da ese paso? Eso es inexplicable para Heidegger, que se ve obligado a referir a Tolstói quien ha pintado el fenómeno. En efecto, la literatura apresa, en su materia y en su forma, la vida. Lo que la filosofía que se pretende pura no logra atrapar: aquello que no tiene explicación.
Tolstói visitó una vez a un moribundo. Raymond Carver imagina esa visita en Tres rosas amarillas. Pero no es un funcionario zarista, como Iván Ilich, al que visita, sino otro escritor ruso: Chéjov. En ese notable relato, Carver imaginó a Tolstói discurriendo acerca de sus teorías sobre la inmortalidad del alma. Sin embargo, Chéjov no podía creer en ello: “A Chéjov, no obstante, le produjo una honda impresión el solícito gesto de aquella visita. Pero, a diferencia de Tolstói, Chéjov no creía, jamás había creído, en una vida futura. No creía en nada que no pudiera percibirse a través de cuando menos uno de los cinco sentidos. En consonancia con su concepción de la vida y la escritura, carecía –según confesó en cierta ocasión– de una ‘visión del mundo filosófica, religiosa o política. Cambia todos los meses, así que tendré que conformarme con describir la forma en que mis personajes aman, se desposan, procrean y mueren. Y cómo hablan’”. Resulta curioso que, en el relato de Carver, Chéjov haya tratado de minimizar, hasta el último momento, la gravedad de su estado: “Al parecer estuvo persuadido hasta el final de que lograría superar su enfermedad del mismo modo que se supera un catarro persistente”. ¿Carver estaría pensando en Iván Ilich cuando escribió Tres rosas amarillas? Quién sabe.
Quien sí pensó en Iván Ilich fue Pasolini mientras escribía Teorema (que, además de novela, tuvo una doble existencia suplementaria: fue también film y poema). Allí, el relato de Tolstói no sólo es citado, sino que es pensado y reinterpretado con insistencia. En la novela, el padre de una familia pequeño-burguesa de Milán, dueño de una fábrica, cae enfermo. Nadie parece comprenderlo, salvo un joven Huésped, que llega para romper con la monotonía de esa familia. Llega sin aviso y se va, también, inesperadamente. Sólo él parece comprender al hombre postrado, del mismo modo en que el criado Gerasim era el único que comprendía a Iván Ilich. Tanto el Huésped como Gerasim inspiran confianza. ¿Y hasta qué punto esa cercanía y fidelidad puede distinguirse del amor?

Es el último grito de Iván Ilich antes de su muerte, un grito que duró tres días, el que se repite en el pater familias, caminando solo en el desierto, luego de la visita del Huésped. Ilich, en ese momento final, en el borde de la vida, en vez de ver muerte vio luz. Escuchó a alguien decir “se acabó” y repitió esas palabras en su alma: “Se acabó la muerte. La muerte no existe”. El padre de familia de Teorema, por su parte, también pareció comprender, y, en un hecho inédito e inexplicable, donó su fábrica a los obreros. Para Pasolini el comunismo nunca pudo separarse de lo sagrado de una eternidad extática. No podía explicarse. Trató de mostrarlo, en parte, citando en Teorema, dos bellas páginas de La muerte de Iván Ilich. Y, por supuesto, no lo hizo en una nota al pie.

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