8/17/2012

EL LEGADO DE SOCRATES

Posted by Edwin Yanes on viernes, agosto 17, 2012 in , , , , | No comments
La Grecia de la época de Sócrates fue terreno de fecundidad inusitada para la cultura y las artes, y Atenas, el semillero de más intensa actividad. Ahí florecieron Herodoto, Aristófanes, Sófocles, Eurípides, Gorgias... Entre ellos, Sócrates, cuya actividad intelectual llegó a representar una verdadera incomodidad para sus compatriotas.
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Buscar el sentido de las cosas y el significado de las palabras era el pasatiempo favorito de Sócrates. Jenofonte lo recordaría como un excelente predicador de buenas costumbres y Platón lo definió como lo que ahora llamaríamos un motivador humanista y gran filósofo.


 Quién fue Sócrates

Famoso filósofo griego del siglo V a. C, originario de Atenas, hijo de un picapedrero y una comadrona; a decir de quienes lo conocieron en vida, gustaba de batirse en duelos de palabras con aquellos que se creían muy listos. Su apariencia y estilo: regordete, chato, medio chaparro, bonachón y con alto sentido del humor…, como que en nada se parecía al ideal físico de belleza humana que los griegos inmortalizaron en esculturas y pinturas.
Aristofanes lo caricaturizó en su comedia Las nubes, como un soñador que desde su nube –o pensadero– viajaba flotando en el aire y mirando el Sol. En la actualidad, esa caricatura bien podría pasar como la imagen hollywoodesca de un profesor chiflado. Para Jantipa, su esposa, era un flojo y un bueno para nada. De cualquier manera, no a todos les caía bien; para Melito y Anito, Sócrates era un pervertidor de jóvenes, además de hereje, y con esta acusación consiguieron que el Consejo de los Quinientos lo condenara a muerte.

A qué se dedicaba Sócrates

La mayor fama de Sócrates descansa probablemente en la célebre sentencia “virtud es conocimiento”. Él planteaba que si se quiere ser un buen zapatero, lo primero es saber qué es un zapato y, para que éste ofrezca un buen servicio, saber hacerlo muy bien. Es decir, que cualquiera, sin importar su oficio, sólo será eficaz si se toma el trabajo de aprender bien su tarea.
En su época era muy natural hablar del areté; aquí, el areté o virtud significa lo que hay de bueno o eficiente en un zapatero o en cualquier practicante de un oficio. Así, Sócrates identifica la virtud con el conocimiento necesario para conducirse moralmente bien.
Aristóteles, en su Metafísica, dice que Sócrates hizo dos contribuciones básicas a la metodología racional: los razonamientos inductivos y las definiciones universales.* Pero Sócrates no dejó escritos, entonces ¿cómo se tiene conocimiento de tales contribuciones? Pues a través de su más ferviente admirador: Platón, quien compiló en un libro –ahora obra clásica– los diálogos que se dice Sócrates sostuvo con sus amigos. En este libro, Diálogos, se encuentra el racionalismo de Sócrates –aunque las ideas más jugosas ahí contenidas se atribuyen a Platón y no a Sócrates–, pues Platón pone en la mayoría de los diálogos a Sócrates como figura central dirigiendo las conversaciones, al mismo tiempo que es moderador y líder en el diálogo.
Los Diálogos
Una de las principales metas del pensamiento filosófico vertido en los Diálogos (ver cuadro anexo) es la idea, es decir, modelos o paradigmas, por ejemplo, la idea del bien de la que habla Platón por boca de Sócrates; la concepción del bienen total, como la verdaderamente real y existente. Para Platón todo lo que existe en el mundo sensible es una pálida copia de algo perfecto (idea) y muy superior. Cada idea es única e inmutable, mientras que las cosas del mundo sensible son aparentes y de existencia transitoria. El mundo de las ideas se encuentra en un lugar más allá del tiempo y el espacio en el Topus Uranos, como llamaban en esa época al más allá.
El método de discusión que vertebra los diálogos se semeja a lo que hoy llamamos mesa de debates públicos y, por la ironía con la que están sistemáticamente formuladas las preguntas, se cree que en el fondo Sócrates gozaba, como niño travieso, al poner de manifiesto las deficiencias de sus interlocutores, pues, primero los estimulaba a hablar y luego, sarcásticamente, los enredaba en sus propias palabras.

El método socrático

En el racionalismo socrático existe una inclinación hacia la práctica lógica, por la manera en que orienta la deducción cuidadosa de las consecuencias de una hipótesis, y se apoya en la mayéutica –método para hacer descubrir una verdad al interlocutor, a partir de preguntas–. El propio Sócrates decía que el arte de hacer parir las ideas mediante progresivas interrogaciones le venía del oficio de partera de su madre. También aplicó la dialéctica, procedimiento conversacional en el que se insta a los participantes tanto a la reflexión como a la expresión de sus pensamientos de manera inteligible. Subyace, en los recursos integrantes del racionalismo de Sócrates, el areté. Su virtud era el saber por el saber, o más bien, buscar la verdad por el puro regocijo de buscarla, aunque para algunos de sus contemporáneos esa insaciable curiosidad y sed de saber era una molestia, ya que siempre estaba interrogando y daba pocas explicaciones.
Sócrates estaba convencido de que su método de racionamiento a la manera de juego de preguntas y respuestas –el método socrático– era accesible a todos y cualquiera puede beneficiarse al usarlo para distinguir entre lo correcto y lo incorrecto, lo verdadero y lo falso.
Sócrates tenía la fea costumbre de decir que no sabía nada, esta pose de humildad ficticia resultaba chocante para quienes lo consideraban uno de los hombres más talentosos de su época. Esto merece una aclaración. Cuando Sócrates decía “yo sólo séque no sé nada” quería hacer notar que era consciente de su ignorancia. Buscaba con ello que los demás se convencieran de la importancia de reconocer la propia ignorancia, primer paso para adquirir conocimientos, pues nadie aprende algo si cree que ya lo sabe. Ahora como entonces, la soberbia del sabelotodo constituye una barrera para la superación personal y el aprendizaje, al impedirle disfrutar la capacidad de maravillarse ante cosas nuevas; esta actitud es llamada por Sócrates síndrome de asombro deficiente, cuya consecuencia, enfatizamos, es frenar el aprendizaje –y de paso nos explica su sabia y útil modestia al declarar que nada sabía–. Las otras ideas, hasta aquí relatadas acerca de la mayéutica y la dialéctica ya habían sido utilizadas por otros sesudos predecesores, aunque nunca las incorporaron como métodos en la elaboración de nuevas ideas.

El cuidado del alma
Un suceso interesante en la vida de Sócrates es la declaración del Oráculo de Delfos, la cual afirmaba que “ningún hombre viviente era más sabio que Sócrates”. Por supuesto, ya para entonces gozaba de gran reputación y, aunque parece que esto no lo tomó muy a pecho, le sirvió para reforzar su idea de cumplir una misión especial hacia sus compatriotas: buscar la forma de hacer el alma tan buena como sea posible.
El alma de que habla Sócrates y que en la literatura, desde Homero, se toma como la psique, es como un aliento que acompaña al hombre mientras está vivo y exhala cuando éste muere. Aunque según se lee en el Fedro, uno de los diálogos de Platón, el alma es parte de una persona antes de que nazca, y habrá conocido el mundo ideal de los dioses; pero al nacer, esta alma olvida todo ese ideal. Con la mayéutica Sócrates usa la conversación como terapia para despertar saberes que dormitan en el alma. La idea de la inmortalidad del alma era muy común en la época de Sócrates; de hecho, parte de las creencias de la secta órfica y que mucho antes los pitagóricos habían propuesto.
Platón explica, por boca de Sócrates –en los diálogos, claro–, el funcionamiento del alma a través de un modelo: una carroza que consta de dos corceles, uno dócil y otro rebelde, además del auriga o jinete que debe gobernar el paso de los corceles. El alma es como la esencia de uno mismo y los demás la captan como una imagen que en realidad es uno mismo. Así quería enseñarnos que uno es lo que piensa y por lo cual los demás nos conocen. Por ello es natural que Sócrates aceptara como su deber predicar el cuidado del alma. En el Critón, otro de los diálogos, Sócrates, en tono educacional, dice: “un buen ciudadano sabe que él debe estar por debajo de la ley y de la patria, y por encima de cualquier deseo de transgredir el orden existente”; Sócrates asumía que la conducta de los ciudadanos depende de cómo el auriga conduce el rumbo de sus corceles. 

Autosuperación o el dominio de sí mismo
Antes de Sócrates, los sabios griegos se afanaban en conocer los misterios del universo y de la vida, desde lo más pequeño hasta las estrellas; tenían la mirada intelectual hacia su entorno. Sócrates gira el enfoque para inspeccionarse a sí mismo, convirtiéndose en el explorador de hombres. Para él, una vida carente de un constante auto-examen no resulta digna. Tomaba muy al pie de la letra el mandato délfico, de “conócete a ti mismo”, pilar de las ordenanzas apolíneas (serenidad y equilibrio). De interés particular es la repetida cita de Sócrates a una voz interna que él denominaba demonio, la cual le hablaba para orientarlo, es esta la primera mención de la intuición en la historia, que algunos llaman la voz de la conciencia. Así mismo, recomendaba el dominio interior del hombre sobre sí mismo y propugnaba por el imperio de la razón sobre los instintos como pauta de conducta humana mediante la educación de la fuerza interior. Fuerza arraigada en el dominio de sí mismo, que confiere firmeza, moderación, disciplina, paciencia y valor. Este es otro de los legados de Sócrates, el principio de auto superación por el dominio de sí mismo.
La muerte de Sócrates

A fines de los años 400 a. C., Melito y Anito acusaron a Sócrates de no rendir culto a los dioses atenienses y, en cambio, introducir nuevas prácticas religiosas, además de corromper a los jóvenes. Por estos dos cargos pidieron para él la pena de muerte. El juicio consecuente, fue quizás uno de los primeros en la historia por incitación a la subversión, otro caso similar y muy posterior fue el de Cristo, que también terminó en condena.
Durante el proceso, el acusado empleó su método propio (socrático) y terminó enfadando a los jueces, quienes lo condenaron a ingerir el veneno extraído de la cicuta. Para salvar su vida, Sócrates podía proponer una sanción alterna a la pena de muerte; por lo que todos esperaban su solicitud de destierro, pero prefería morir antes que verse lejos de su querida Atenas. También tenía la posibilidad de solventar su pena mediante el pago de una multa, pero esto hubiese significado aceptar los cargos imputados. Ante tales negativas, sus amigos le ofrecieron sobornar a los guardias para que escapara de la prisión, pero también rechazó esta alternativa.
Se antoja creer que Sócrates quiso darnos una lección con su ejemplar vida e, incluso, con su muerte, que acaeció en 399 a. C., cuando tenía 70 años, la cual recibió con serenidad alegre, mostrando lo que representa vivir y morir siendo fiel a sus principios, con integridad inquebrantable.

Fuente: http://www.conacyt.gob.mx/

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