1/22/2013

PENSAMIENTO FILOSOFICO LATINOAMERICANO

Posted by Edwin Yanes on martes, enero 22, 2013 in , , | No comments

El relato ancestral en el Pensamiento Filosófico Latinoamericano

Todos los pueblos tienen “núcleos problemáticos”, que son universales y consisten en aquel conjunto de preguntas fundamentales (es decir, ontológicas”) que el homo sapiens debió hacerse llegado su madurez específica. 
Dado su desarrollo cerebral, con capacidad de conciencia, autoconciencia, desarrollo lingüístico, ético (de responsabilidad sobre sus actos) y social, el ser humano enfrentó la totalidad de lo real para poder manejarla a fin de reproducir y desarrollar la vida humana comunitaria. El desconcierto ante las posibles causas de los fenómenos naturales que debía enfrentar y lo imprevisible de sus propios impulsos y comportamientos lo llevó a hacerse preguntas en torno a algunos núcleos problemáticos tales como: ¿Qué son y cómo se comportan las cosas reales en su totalidad, desde los fenómenos astronómicos hasta la simple caída de una piedra o la producción artificial del fuego? ¿En qué consiste el misterio de su propia subjetividad, el yo, la interioridad humana? ¿Cómo puede pensarse el hecho de la espontaneidad humana, la libertad, el mundo ético y social? Y, al final, ¿Cómo puede interpretarse el fundamento último de todo lo real del universo? – lo que levanta la pregunta sobre lo ontológico en aquello de que: “¿Por qué el ser y no más bien la nada?”. Estos “núcleos problemáticos” debieron de hacerse inevitablemente presentes cuestionando a todos los grupos humanos desde el más antiguo Paleolítico. Son “núcleos problemáticos” racionales o preguntas, entre muchas otras, de los “por qué” universales que no pueden faltar en ninguna cultura o tradición.
El contenido y el modo de responder a estos núcleos problemáticos disparan desarrollos muy diversos de narrativas racionales, si por racionales se entiende el simple “dar razones” o fundamentos que intentan interpretar o explicar los fenómenos, es decir, lo que “aparece” en el nivel de cada uno de esos “núcleos problemáticos”.
Siempre e inevitablemente, la humanidad – fuera cual fuese el grado de desarrollo y en sus diversos componentes – expuso lingüísticamente las respuestas racionales (es decir, dando fundamento, el que fuera y mientras no se refutara) a dichos núcleos problemáticos por medio de un proceso de “producción de mitos” (una mitopoesis). La producción de mitos fue el primer tipo racional de interpretación o explicación del entorno real (del mundo, de la subjetividad, del horizonte práctico ético, o de la referencia última de la realidad que se describió simbólicamente).
Los mitos, narrativas simbólicas entonces, no son irracionales ni se refieren sólo a fenómenos singulares. Son enunciados simbólicos y por ello de “doble sentido”, que exigen para su comprensión todo un proceso hermenéutico que descubre las razones, y en este sentido son racionales y contienen significados universales (por cuanto se refieren a situaciones repetibles en todas las circunstancias) y construido con base en conceptos (categorizaciones cerebrales de mapas neocorticales que incluyen millones de grupos neuronales por los que se unifican en su significado múltiples fenómenos empíricos y singulares que enfrenta el ser humano).
Los numerosos mitos que se ordenan en torno a los núcleos problemáticos indicado se guardan en la memoria de la comunidad, al comienzo por tradición oral, y desde el III milenio a.C. (en Mesopotamia o Egipto, y desde antes del I milenio a.C., en Mesoamérica y en otras regiones) ya escritos, serán colectados, recordados e interpretados por comunidades de sabios que se admiran ante lo real, “pero el que no halla explicación y se admira, reconoce su ignorancia, por lo que el ama el mito (filomythos) es como el que ama la sabiduría (filósofos)”, según expresión de Aristóteles (Metafísica 1, 2, 982b, pp. 17-18). Nacen así las “tradiciones” míticas que dan a los pueblos una explicación con razones de las preguntas más arduas que acuciaban a la humanidad y que hemos denominado los “núcleos problemáticos”. Pueblos tan pobres y simples como los tupinambas de Brasil, estudiados por Levy-Strauss, cumplían sus funciones en todos los momentos de su vida gracias al sentido que les otorgaban sus numerosísimos mitos.
Las culturas, al decir de Paul Ricoeur tienen por su parte un “núcleo ético-mítico” (Ricoeur, P., 1964) es decir, una “visión del mundo” (Weltanschauung) que interpreta los momentos significativos de la existencia humana y que los guía éticamente. Por otra parte, ciertas culturas (como la china, la indostánica, la mesopotámica, la egipcia, la azteca, la maya, la inca, la helénica, la romana, la árabe, la rusa, etc.) alcanzaron, debido a su dominio político, económico y militar, una extensión geopolítica que subsumió otras culturas. Estas culturas con cierta universalidad sobrepusieron sus estructuras míticas a las de las culturas subalternas. Se trata de una dominación cultural que la historia constata en todo su desarrollo.
En estos choques culturales, ciertos mitos habrán de perdurar en las etapas posteriores (aún en la edad de los discursos categoriales filosóficos y de la ciencia de la modernidad misma), hasta el presente. Nunca desaparecerán todos los mitos, porque algunos siguen teniendo sentido, como bien lo anota Enst Bloch en su obra El Principio Esperanza (Bloch, 1959).
Se nos tiene acostumbrados, en referencia al pasaje de mythos al logos (dando en este ejemplo a la lengua griega una primacía que pondremos enseguida en cuestión, de ser como un salto que parte de lo irracional y alcanza lo racional, de lo empírico concreto a lo universal; de lo sensible a lo conceptual. Esto es falso. Dicho pasaje se cumple desde una narrativa con un cierto grado de racionalidad a otro discurso con un grado diverso de racionalidad. Es un progreso en la precisión unívoca, en la claridad semántica, en la simplicidad, en la fuerza conclusiva de la fundamentación, pero es una pérdida de los muchos sentidos del símbolo que pueden ser hermenéuticamente redescubiertos en omentos y lugares diversos (característica propia de la narrativa racional mítica). Los mitos prometeico o adámico (véase Ricoeur, P., 1963) siguen teniendo todavía significación ética e el presente.
Entonces, el discurso racional unívoco o con categorías filosóficas, que de alguna manera puede definir su contenido conceptual sin recurrir al símbolo (como el mito), gana en precisión pero pierde en sugestión de sentido. Es un avance civilizatorio importante, que abre el camino en la posibilidad de efectuar actos de abstracción, del análisis, de separación de los contenidos semánticos de la cosa o del fenómeno observado,, del discurso, y en la descripción y explicación precisa de la realidad empírica, para permitir al observador un manejo más eficaz en vista de la reproducción y desarrollo de la vida humana en comunidad.
La mera sabiduría, si por sabiduría se entiende poder exponer con orden los diversos componentes de las respuestas a los núcleos problemáticos indicados, se torna ahora en el contenido de un “oficio” social diferenciado que se ocupa del esclarecimiento, la exposición y el desarrollo de la dicha sabiduría. En una sociología
de la filosofía, las comunidades de filósofos forman agrupaciones diferenciadas de los sacerdotes, artistas, políticos, etc. Los miembros de estas comunidades de sabios, ritualizados, que constituían “escuelas de vida” estrictamente disciplinada (desde la ciudad de Menfis en el Egipto del III milenio a.C., hasta el calmecac azteca o la academia ateniense), fueron los llamados “amantes de la sabiduría” (philo-sophoi) entre los griegos. En su sentido histórico, los “amantes de los mitos” eran también y estrictamente “amantes de la sabiduría”, y por ello los que posteriormente serán llamados filósofos deberían más bien denominados filólogos, si por logos se entiende el discurso racional con categorías filosóficas, que ya no usan los recursos de la narrativa simbólica mítica sino de manera excepcional y a modo de ejemplo para ejercer sobre ellos una hermenéutica filosófica.
Este comenzar a dejar atrás la pura expresión racional mítica y depurarla del símbolo para semánticamente dar a ciertos términos o palabras una significación unívoca, definible, con contenido conceptual fruto de una elaboración metódica, analítica, que puede ir del todo a las partes para ir fijando su significado preciso, se fue dando en todas las grandes culturas urbanas del Neolítico. La narrativa con categorías filosóficas se fue dando entonces en Egipto (contextos como el denominado “filosofía de Mensifs”), en India (posterior a los Upanishads), en China (desde el Libro de las mutaciones o I Ching), en Persia, en el Mediterránea oriental, entre fenicios y griegos, en Mesoamérica (mayas y aztecas), o en los Andes, entre aymaras y quechuas que se organizaron en el Imperio Inca. Así, entre los aztecas, Quetzalcóatl era la expresión simbólica de un dios dual originario (siendo el quetzal la pluma de un bello pájaro tropical que significaba la divinidad y coatl, el gemelo o hermano igual: los “dos”), que los tlamatinime (“los que saben algo” a los que fray Bernardino de Sahagún llamó “filósofos”) (véase Dussel, 1995b, párr. 7.1.The
tlamatini) denominaban Ometeotl (de ome: dos; teotl: lo divino), dejando ya de lado los símbolos. Esta última denominación indican el “origen dual” del universo (no ya el origen unitario del to en: el Uno de Platón o Plotino, por ejemplo). Esto indica el comienzo del pasaje de la racionalidad simbólica a la racionalidad por categorización conceptual filosófica entre los aztecas, en la persona histórica de Nezahualcóyotl (1402-1472).

 
Fuente: http://arje.usac.edu.gt/

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