10/03/2013

EDITH STEIN, FILÓSOFA Y SANTA

Posted by Edwin Yanes on jueves, octubre 03, 2013 in , | No comments
Así es. Por un lado, Edith Stein fue uno de los mejores discípulos de Husserl (el otro sería Heidegger) y escribió una obra filosófica considerable –en la que sobresale su tesis doctoral Sobre el problema de la empatía y Ser finito y ser eterno, su intento más logrado de unificar la fenomenología de Husserl con la filosofía tomista–. Por otro, fue canonizada por Juan Pablo II en 1998 y al año siguiente declarada copatrona de Europa.
La verdadera obra es la vida

Según explica Pierre Hadot, lo más importante en la Antigüedad era la vida del filósofo y no tanto su doctrina. Un filósofo se distinguía porque se esforzaba en llevar una vida ejemplar. Antes de que existieran santos, había sabios que vivieron vidas modélicas, como ponen de manifiesto las Vidas de Pitágoras que escribieron Porfirio o Jámblico o los ocho volúmenes de Vidas paralelas que Plutarco escribió con una intencionalidad fundamentalmente moral, es decir, con el fin de ofrecer al lector cuarenta vidas de personajes históricos que pudieran servir de modelo. La hagiografía (el género literario de la biografía de personajes ejemplares) la inventaron los filósofos, pero luego los cristianos la utilizaron para sus propios fines. La obra fundamental de un sabio (o un santo) es su vida y no sus obras filosóficas (o teológicas). De ahí que interese infinitamente más conocer su vida que su obra. La verdadera obra es su vida. Hoy parece que los filósofos contemporáneos (salvo unos pocos) han olvidado esta gran enseñanza que Hadot y el último Foucault nos enseñaron a mediados de los 80, y que hoy reivindican filósofos tan dispares como Onfray o Comte-Sponville, por ejemplo: que la vida de un filósofo (sobre todo si se trata de un filósofo antiguo) es más importante que su obra teórica, que es la clave hermenéutica para entenderla, para comprobar si es un verdadero filósofo o simplemente un sofista. Por eso Stein es tan importante hoy para nosotros, porque nos recuerda esa vertiente “existencial” y biográfica que tenía la filosofía antigua y nos recuerda que el filósofo debe ser un modelo de vida, un espejo donde mirarse, un superhombre (o supermujer).

Filósofos y santos ¿de nuestra época?

En el pasado es verdad que hubo filósofos santos (como Agustín o Tomás Moro) y que sus biografías todavía hoy se siguen leyendo (sobre todo en los ambientes religiosos) con el fin de que puedan inspirar las nuestras, pero vivieron hace tanto tiempo que hoy nos parece imposible poder emularlos. De ahí que sea tan importante tener personajes ejemplares que hayan vivido en nuestra época, que sean como nosotros, que hayan padecido angustias y pesares similares a los nuestros, para que puedan servirnos de modelos. Necesitamos sabios (o santos) similares a nosotros, que hayan vivido experiencias semejantes a las nuestras, para que comprendamos que la perfección moral (o espiritual) es una tarea asequible (con esfuerzo y entrenamiento) y no algo inalcanzable y utópico. Por eso la figura de Edith Stein, la única filósofa santa oficial de nuestra época, nos recuerda que un filósofo (a la manera antigua) se forja en su vida, y no tanto en su obra, recuerda también que la vida de un filósofo como mínimo es tan importante (aunque en el fondo, es más) que su obra. El otro filósofo cuya vida también tiene esa textura de santidad es otra mujer, Simone Weil, a la que muchos llaman la santa laica. Otros incluirán también a Wittgenstein, que vivió como un monje laico. Y otros pensarán (y con razón) que en el fondo todos los filósofos no son más que “curas laicos”, así que tampoco es tan raro que los más grandes de entre ellos alcancen el estatus de una cierta santidad “laica”, sobre todo si se esfuerzan por vivir filosóficamente, a la manera antigua. Y por eso a muchos nos parece que Martin Heidegger no es un gran filósofo (al menos, no en este sentido), pues su vida dista mucho de ser ejemplar. Edith Stein es la contrafigura vital de Heidegger, la posibilidad de lo que la filosofía continental pudo ser (pues probablemente fueran los dos mejores alumnos de Husserl), los dos caminos antitéticos que produjo la filosofía desde el punto de vista existencial. El uno desemboca en el nazismo, el otro, en el martirio y la santidad.

Emprender lo imposible

Edith Stein nació en Breslau en una familia judía y fue la última de siete hermanos. Su padre murió cuando ella era muy pequeña. Su madre tuvo que encargarse del negocio de maderas de su marido para poder sacar adelante a su numerosa familia. Desde muy joven demostró grandes dotes intelectuales. De pequeña fue una niña con un carácter muy difícil y mucho genio, pero a los siete años, según ella misma cuenta, “comenzó a prevalecer en mí lo razonable. Mi anterior obstinación pareció desaparecer y en los años siguientes fui una niña flexible. Las explosiones coléricas fueron ya más raras y alcancé pronto un autodominio, de tal modo que casi sin lucha podía mantener una paz armónica”. A los 13 años pierde la fe y será atea hasta los 21. Es sorprendente leer hoy en su tesis doctoral sobre la empatía su declaración de ateísmo: “Aun siendo yo no creyente, puedo comprender que otra persona sacrifique por su fe todos los bienes terrenales que posee. Veo que ella actúa así e intuyo como valor orientador de su actuación un motivo cuyo correlato no es accesible para mí. Entonces le adjudico un estrato que yo no poseo. De esta manera consigo, por medio de la empatía, entender el tipo del homo religiosus que me es esencialmente extraño”.
En su juventud ya demostró la fortaleza de carácter y determinación que luego sería una constante a lo largo de su vida. “Una vez que algo subía a la clara luz de la conciencia y tomaba firme forma racional nada podía detenerme. Ciertamente, experimentaba una especie de placer deportivo en emprender lo aparentemente imposible”, dice de ella misma. Después de un par de años de estudiar historia y psicología en la Universidad de Breslau, se va a Gotinga a estudiar filosofía, fascinada por la lectura de los dos tomos de las Investigaciones lógicas de Husserl, por el nuevo método fenomenológico que allí se proponía y por el prestigio del filósofo, con quien publicará su tesis doctoral y a quien luego seguirá a Friburgo para ser su asistente. Tendrá un papel determinante en la publicación del primer volumen de las Ideas relativas a una fenomenología pura, para el que tuvo que ordenar 57 manuscritos de Husserl y reelaborar mil páginas. Para la publicación del segundo tomo, tuvo que estructurar casi diez mil hojas manuscritas del Maestro (como ella lo llamaba). En 1919 intentó acceder a un puesto universitario, pero le es denegado por su condición de mujer (más tarde, con la ascensión del nazismo, se le destituirá de su cargo por ser judía).


El ejemplo de Santa Teresa


Una tarde de verano de 1921, en casa de unos amigos, casi por pasar el rato, coge Las Moradas de Santa Teresa y se produce la conversión. “Comencé a leer, me sentí cautivada inmediatamente y no cesé hasta el final. Cuando cerré el libro me dije: «¡Esta es la verdad!»”. En la experiencia mística de Santa Teresa reconoció Stein su propia experiencia interior como verdad. “Aparte de las Confesiones de San Agustín –escribe la filósofa–, no hay otra narración como la de Teresa en la literatura mundial que lleve como esta el sello de la veracidad, que sepa penetrar tan inexorablemente con un rayo de luz en los rincones más escondidos del alma, y que sea un testimonio tan conmovedor de la misericordia de Dios”. Y es que ella pensaba (como Simone Weil) que en las cuestiones esenciales “un hombre sencillo del montón, en virtud de una mayor iluminación, puede superar al mayor erudito”.
También por esas fechas le impresionó hondamente la entereza con la que la viuda de Reinach, un joven filósofo del entorno de Husserl que había fallecido en el frente durante la I Guerra Mundial, fue capaz de asumir la muerte de su marido. Según ella misma recuerda, “aquel fue mi primer encuentro con la Cruz, con esa fuerza divina que la Cruz da a los que la llevan”. Poco después se bautiza como católica (casi todos sus amigos fenomenólogos se habían convertido al protestantismo, incluso el propio Husserl).

Monja y mártir

Durante la década de los XX adquirirá una gran reputación como conferenciante sobre temas pedagógicos y feministas. “No existe ninguna profesión que la mujer no pueda realizar”, afirmaba de manera categórica. Según ella, “una sociedad o estamento público o privado que prescinda de la mujer está desperdiciando uno de los valores más seguros de que disponemos los humanos”.
Por estas fechas escribe ¿Qué es filosofía?, una confrontación entre la fenomenología y el tomismo en forma de diálogo ficticio entre Husserl y Tomás de Aquino. Cuando los nazis suben al poder en 1933 y le impiden dar clase por ser judía, decidirá entrar en la orden carmelita (la de Teresa de Ávila) y adoptar el nombre de Teresa Benedicta de la Cruz. Tiene 42 años. Su madre y parte de su familia se lo toma como una traición al pueblo judío.
Podríamos resumir su “filosofía de vida” de entonces con la siguiente frase: “En el trato cotidiano con el Señor una se va haciendo paulatinamente muy pequeña y humilde, paciente y comprensiva con las pajas que ve en el ojo ajeno porque se da cuenta de la viga que tiene en el propio”.
En sus últimos años escribirá su obra filosófica más importante, Ser finito y ser eterno, un intento hercúleo de armonizar la fenomenología y el tomismo, y la Ciencia de la Cruz, su obra teológica más destacada. Husserl llegó a decir que la Iglesia católica era muy afortunada al tener entre sus filas a un escolástico de la calidad de Edith Stein. Después de escapar con su hermana a Echt, Holanda, es deportada en 1942 al campo de Westerbork, y desde allí la enviarán a Auschwitz el 7 de agosto. Será incinerada dos días más tarde junto a su hermana Rosa con el número 44074. Quizás tenía razón Husserl al decir que “hay en el fondo de todo judío un radicalismo y un amor al martirio”.

Otros modelos de santidad

¿Qué otros filósofos podrían servir como ejemplo para nuestra vida? Cada uno que elija aquellos con los que más se identifique. Algunos preferirán el carácter tolerante y rebelde de un Voltaire o un Bertrand Russell (como Savater); otros se inspirarán en la insobornable sobriedad de Spinoza, Wittgenstein o Cioran; otros admirarán la honestidad moral de Camus o Unamuno, otros se guiarán por el talante intempestivo de García Calvo, Sánchez Ferlosio o Gustavo Bueno; otros valorarán sobre todo la independencia de criterio de Schopenhauer o Nietzsche; y otros la opción por los más débiles de Sábato, Galeano o Ellacuría. En esto creo que hay que ser protestante: cada uno debe tener la libertad de elegir sus propios santos (o sabios). ❖ Gabriel Arnaiz

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