12/12/2013

SÓCRATES Y SUS APORTES

Posted by Edwin Yanes on jueves, diciembre 12, 2013 in | No comments
Es el mártir por antonomasia de la filosofía, aunque otros filósofos murieran por sus ideas antes que él (como Zenón de Elea, que murió a manos del tirano de su ciudad antes de confesar el nombre de los que se habían organizado para derrocarle y tras cortarse la lengua con los dientes y escupírsela a la cara) y también después, como Hipatia, Tomás Moro o Giordano Bruno. 

Sócrates ejemplifica la persona que vive tal como piensa y que lleva sus ideas hasta sus últimas consecuencias; el individuo a quien no le importa morir con tal de no renunciar a sus principios. Con el ejemplo de su muerte y con la manera en la que la sobrellevó, Sócrates representa un nuevo tipo de reflexión filosófica que ya no se encarga de examinar la naturaleza, sino a los seres humanos. De ahí que Cicerón dijese que “Sócrates fue el primero que hizo bajar la filosofía del cielo, la introdujo en nuestras casas y la obligó a ocuparse del bien y el mal”. O como dice Martha Nussbaum –reciente Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales– en El cultivo de la humanidad, de Paidós (ver artículo en pág.12), “su contribución característica fue que el rigor y la firmeza del argumento filosófico tuviera efecto en los asuntos de interés público”. 

El primer psicólogo
Al incorporar la reflexión filosófica a los problemas cotidianos de las personas, Sócrates se convierte en el primer psicólogo de la Historia. Su preocupación fundamental ya no es cómo está constituido el universo y cuáles son los mecanismos que explican la realidad material, sino cuál es la vida que debemos llevar, en qué consiste la “vida buena” y cuáles son las motivaciones de nuestra conducta. Sin él no podemos entender lo que sucede después en filosofía, el énfasis de las escuelas filosóficas posteriores (cínicos, epicúreos y escépticos, pero especialmente los estoicos) en incorporar la reflexión filosófica a la vida cotidiana, en vivir filosóficamente y concebir la filosofía como un modo de vida (como diría Pierre Hadot en su Elogio de Sócrates) o como práctica sobre uno mismo y arte de vivir (en palabras de Foucault en La hermenéutica del sujeto). 

Filosofía contra las desgracias
Siglos más tarde, filósofos como Séneca, Epícteto y Marco Aurelio insistieron en que la filosofía puede ayudarnos a sobrellevar las desgracias de la vida (enfermedades, exilio, pobreza, muerte) y a vivir mejor, pues nos enseña a extirpar las creencias erróneas que desencadenan las emociones negativas (ira, tristeza, miedo, angustia, etc.). A partir de Sócrates, el filósofo se convierte en un “médico del alma” y la filosofía en una especie de terapia psicológica que se encarga de “curar” las “enfermedades del espíritu”, las pasiones que obnubilan la razón o las opiniones erróneas que enturbian el juicio. De ahí que el mayor mal para el hombre sea una opinión falsa, pues cuando un individuo tiene creencias inadecuadas sobre sí mismo o sobre la realidad, sus actuaciones no se adecuarán a ella y eso solo le podrá traer problemas. 

Como el propio Sócrates reconoce en el Gorgias, uno de los diálogos socráticos más emocionantes que escribió su discípulo Platón: “¿Qué clase de hombre soy? Soy de esos que aceptan gustosos ser rebatidos, en caso de que diga algo falso, y de los que rebaten gustosos en caso de que alguien dijera algo falso; y, desde luego, no pertenezco con menos gusto a los que son rebatidos que a los que rebaten, dado que considero esto primero un bien mayor, por cuanto es un bien mayor verse librado uno mismo del peor de los males que librar a otro, pues creo que el hombre no tiene un mal mayor que una opinión falsa sobre las cosas que precisamente ahora está tratando nuestra discusión. Si tú también dices que eres así, discutamos; pero si te parece que es preciso dejarlo, acabamos ya la discusión”.

Ocúpate de ti mismo
El trabajo filosófico consistirá en profundizar sobre las opiniones del sujeto por medio del diálogo. Mediante las preguntas socráticas, eso que se conoce como mayéutica, Sócrates conducirá a su interlocutor hasta un estado de perplejidad que le hará dudar de sus ideas, de su supuesto saber, y darse cuenta de su ignorancia (de que no sabía que no sabía), estadio necesario para que se produzca el verdadero aprendizaje. Sócrates, con sus preguntas y su diabólica ironía, examinará la vida de los que se le pongan a tiro para hacerles ver que viven como sonámbulos, que no se ocupan de sí mismos, que no se preocupan de lo que verdaderamente importa, el perfeccionamiento de su alma, sino solo de cosas superfluas como estar delgado, tener dinero o ser famoso. 
“La mayoría de las personas con las que se enfrentó Sócrates –explica Nussbaum– llevaban vidas pasivas, vidas cuyas acciones y decisiones más importantes eran dictadas por las creencias convencionales. Estas creencias vivían con ellos y los modelaban, pero nunca las habían hecho propias, porque en realidad nunca habían mirado dentro de ellas, preguntándose si habría otra manera de hacer las cosas, y cuáles eran en verdad dignas de guiar sus vidas en lo personal y en lo político”.

Son célebres las palabras que Sócrates dirige a los 500 miembros del jurado que más tarde le condenarán a muerte por corromper a la juventud e introducir nuevos dioses, y que Platón reflejará en su Apología de Sócrates: “Mientras tenga vida y pueda, no dejaré de filosofar, de aconsejaros y de exhortar a todo el que me encuentre del modo que acostumbro: ‘Amigo mío, ¿cómo es que siendo de Atenas, la ciudad mayor y más famosa por su poder y sabiduría, no te avergüenzas de no pensar sino en acumular riquezas, gloria y honores, sin preocuparte lo más mínimo de la sabiduría, de la verdad ni de perfeccionar tu alma?’. Y si alguno de vosotros me contradice y me asegura que sí se preocupa de tales cosas, no le dejaré inmediatamente, sino que le interrogaré, le examinaré y le haré ver que no dice la verdad. Pues voy, en efecto, por todas partes sin otra finalidad que convencer a jóvenes y a viejos de que no os ocupéis tanto del cuerpo ni de acumular riquezas, pues lo primero es el cuidado y el perfeccionamiento del alma”. 

El ser humano debe ocuparse de sí mismo, cuidar su interioridad, y para ello debe examinar su vida, lo que piensa y hace, pues lo que hace está determinado por lo que piensa. Sócrates considera que no hacemos el mal porque seamos malos, sino porque no sabemos lo que es el bien, porque creemos erróneamente que perseguir una determinada actividad (acumular riquezas aunque sea defraudando, corrompiéndose o robando) nos va a hacer felices, cuando en realidad no es así. 

Vivir filosóficamente
Y si uno no se ocupa de sí mismo, Sócrates lo acorralará con sus impertinentes preguntas hasta que lo reconozca, porque el trabajo del filósofo consiste en despertar al dormido para que viva una vida propia de un ser humano y no la de un animal que solo satisface sus necesidades primarias. “Si hacéis que me maten –dirá Sócrates en Apología de Platón–, no encontraréis fácilmente, aunque resulte ridículo que lo diga, a otro hombre a quien el dios ha situado en esta ciudad como un tábano, junto a un caballo grande y noble, pero lento por su tamaño, que necesita ser aguijoneado. Para esto creo que el dios me ha colocado en esta ciudad, y no dejaré de exhortaros, de persuadiros y de reprocharos, posándome en todas partes y sin concederos ni un momento de reposo. No, atenienses, no encontraréis a otro como yo, y si me hacéis caso y miráis por vosotros, me dejaréis vivir. Pero si irritados, como quien es despertado cuando está a punto de dormirse, me dais un manotazo y me condenáis a muerte a la ligera, haciendo caso a Ánito, pasaréis el resto de vuestra vidas dormidos, a no ser que el dios, preocupado por vosotros, os envíe a otro como yo”.

Para vivir una vida digna de un ser humano es imprescindible reflexionar sobre cuáles son nuestros objetivos, si estos son adecuados; sobre si somos felices y sobre dónde está la verdadera felicidad (cuestiones que después tratará el cristianismo desde una óptica religiosa). Sócrates se preocupa de que los demás se ocupen de sí mismos, convierte en su ocupación principal (es decir, en su vocación y en su “profesión”) ocuparse de sí mismo y que los demás se ocupen de ellos. Lo cuenta él en la Apología de Platón: “Esto es lo más difícil de haceros entender. Si os digo que eso sería desobedecer al dios y que, por ello, es imposible que lleve una vida tranquila, no me creeríais y pensaríais que hablo con ironía. Y menos me creeríais si digo que el mayor bien del hombre es conversar acerca de la virtud y de los otros temas que me habéis oído tratar cuando me examinaba a mí mismo y a los demás, y que una vida sin examen no vale la pena. Así son las cosas, atenienses, pero no es fácil convenceros”. 

Con Sócrates, el objetivo de la filosofía será que la gente lleve una “vida filosófica”, que actúe guiada por la razón y que sus acciones estén en consonancia con sus principios: convertirá la vida filosófica en el imperativo de todo ciudadano. Y para ello no dejará de importunar a todo el que se le cruce por su camino con preguntas para que dé explicaciones de por qué actúa como actúa, como se quejará un personaje del diálogo Laques: “Ignoras que, si uno se halla muy cerca de Sócrates en una discusión o se le aproxima dialogando con él, le es forzoso, aún si se empezó a dialogar sobre cualquier otra cosa, no despegarse, arrastrado por él en el diálogo, hasta conseguir que dé explicación de sí mismo, sobre su modo actual de vida y el que ha llevado en su pasado. Y una vez que ha pasado, Sócrates no lo dejará hasta que lo sopese bien y suficientemente todo”.

Pedagogía socrática
Pero Sócrates no solo es el primer terapeuta de Occidente, sino también el primer gran pedagogo. La mayoría de los reformadores de la educación se han inspirado en la práctica socrática para desarrollar propuestas educativas innovadoras, desde Montaigne y Rousseau, pasando por Pestalozzi, Froebel o Dewey. Siguiendo esa estela, diversos filósofos del siglo XX han desarrollado distintas metodologías para filosofar con grupos dentro y fuera del aula, como Leonard Nelson, Matthew Lipman u Oscar Brenifier.

El objetivo es ayudar a “que los alumnos reflexionen y argumenten por sí mismos, en lugar de someterse a la tradición y a la autoridad. Se considera que la capacidad de argumentar de ese modo constituye un valor para la democracia”, escribe Nussbaum en Sin fines de lucro (Katz, 2010). Pero la práctica socrática no se limita al ámbito educativo. Desde hace unos años, un grupo de filósofos (el más conocido, Lou Marinoff con su Más Platón y menos Prozac) está usando el diálogo socrático para ayudar a la gente con sus problemas personales, en la línea iniciada por Sócrates y que después desarrollaron otras corrientes filosóficas, como el estoicismo o el epicureísmo. Estos autores, entre los que está también Oscar Brenifier (Filosofar como Sócrates, Diálogo, 2011), creen que el diálogo filosófico puede ser una herramienta muy útil para la vida cotidiana y que el trabajo socrático sobre uno mismo siendo hoy tan necesario como entonces. O más. ❖ Gabriel Arnaiz

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