1/22/2014

CARTAS A MI HIJA DE SCOTT FITZGERALD,

Posted by Edwin Yanes on miércoles, enero 22, 2014 in | No comments

Lo de la teoría llegó bastante después a la filosofía porque, al principio, griegos y romanos no buscaban en ella más que dar respuesta a una única y obsesiva respuesta: cómo vivir, en qué consiste la vida buena… 
Y dada la altura que alcanzaron, no debían andar muy desencaminados en su búsqueda del quid. Sin quererlo ni saberlo, y de forma inevitable dado el formato, un Scott Fitzgerald en modo padre le explica a su hija algunas cosas que su experiencia le ha enseñado sobre la vida. Las principales –con esa característica insistencia de los padres– las repite en varias ocasiones. El libro, editado por Alpha Decay, se abre con una de ellas: “Me importa muchísimo que cumplas con tus obligaciones”; que se transforma en una orden-deseo: “Por favor, trabaja y aprovecha tus mejores horas para trabajar”; y coge vuelo: “Nunca he recriminado a nadie sus fracasos, pero soy totalmente despiadado con la falta de esfuerzo”. 


Pero el libro no es una bronca continua, ni una charla amodorrante y cansina. No lo es gracias a la conmovedora libertad y el respeto con los que Fitzgerald trata a su querida interlocutora. Ambos hechos brindan a un lector no invitado una literatura cruda que transmite una poderosa impresión de verdad. Ante su hija, el escritor se desnuda y hace explícitos sus fracasos –“La vida me ha bajado los humos”–; sus temores ante la enfermedad –“Nunca habrá suficiente energía o dinero, si así lo prefieres, para cargar con alguien que es como un peso muerto (…).”–; su eterna angustia económica y su empeño en no repetir errores –“Eres una niña pobre y, si no te gusta pensarlo, pregúntamelo”–. El tema del dinero, que fue tan importante en la vida y la literatura de Fitzgerald, también está muy presente en estas cartas. Si, por un lado, el autor, que tenía cuantiosas deudas en la época, ejerce un férreo control sobre los gastos de la hija es porque no quiere que la historia se repita. Y porque él ha aprendido cosas. Así es como una anécdota, una lista de gastos, por ejemplo, cobra profundidad y se transforma en literatura: “Trabajar con los pobres tiene efectos distintos sobre las personas. Si vives la pobreza junto a ellos, comprendes su psicología y la experiencia es enriquecedora (…). Por el contrario, una chica de Bennington College que trabaja un mes en los barrios bajos pero se va los fines de semana a la mansión de su padre en Long Island no obtiene más que la sensación vanidosa de ser una ricachona auxiliadora”. 

Fitzgerald conoció los felices años 20 y escribió páginas de gloria sobre ellos. En este libro pasa a cuchillo aquella época y a sus protagonistas. Es el relato escalofriante de quien ha vivido y sabe –cree saber– algunas verdades. “No puedo participarte mi particular concepción de la vida (que, como bien sabes, es trágica) sin desinflarte tu entusiasmo. A cantidad de gente la vida le parece cantidad de divertida. A mí no me lo ha parecido”, escribe Fitzgerald en 1936. Faltaban cuatro años para que el autor muriera prematuramente y hablaba de la vida en pasado, como algo terminado, acabado. 

Por supuesto, la hija no atendió ni a las cartas ni a su padre. Lo cuenta con desparpajo en un prólogo a la altura de la prosa paterna: “Solo había una manera de sobrevivir a su tragedia y era ignorarla”. Sin saberlo ni quererlo tampoco, la última lección de filosofía la da el entonces adolescente Scottie Fitzgerald: de nada valen los consejos ajenos, hay que vivir la propia vida, equivocarse en carne propia, andar el camino a solas. ❖ PGR

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