3/13/2014

LA MANO INVISIBLE

Posted by Edwin Yanes on jueves, marzo 13, 2014 in , | No comments
La devastadora mano invisible
No es la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero la que nos procura el alimento, sino la consideración de su propio interés”. Adam Smith. “No es la benevolencia del carnicero, del albañil, de la costurera, de la teleoperadora, del mecánico, del camarero, de la limpiadora, de la chica de las cajas, del mozo del almacén, del informático, del vigilante, de la administrativa la que nos procura el alimento sino la consideración de su propio interés”. La frase tecleada, como la anterior, por la administrativa presenta a los protagonistas de La mano invisible, la última novela de Isaac Rosay (Seix Barral). Falta uno. La administrativa vuelve a copiar, a revisar, a inventar: “No es la benevolencia de quien sea que esté detrás de esto la que nos procura el alimento, sino la consideración de su propio interés”. Ya están todos los personajes: los que trabajan y el misterioso empleador que les hace trabajar en unas, también misteriosas, condiciones de trabajo. 

Pasen y vean 
Un albañil levanta cada día un muro que destruye pasadas las horas reglamentarias; en una cadena de montaje una mujer coloca piezas geométricas sin saber para qué sirven; un carnicero trocea un número determinado de animales; un rumano bromea sobre su profesión y hace de todo, es decir, de “rumano”; una teleoperadora realiza una encuesta sobre la consideración del trabajo; un mecánico desmonta un coche que luego vuelve a montar; la costurera cose; la limpiadora limpia, el camarero pone cafés y la administrativa copia La riqueza de las naciones. Llevan seis semanas afanándose en su profesión, uno al lado del otro, en el escenario levantado en una nave industrial y bajo la presencia de los focos y de espectadores que –pasen y vean– pueden contemplar el maravilloso espectáculo del trabajo. 
Mientras realizan escrupulosamente su tarea los personajes reflexionan sobre su trabajo, sobre el trabajo. El albañil sabe ver detrás de cada nuevo edificio levantado a quienes lo hicieron posible, imagina sus vidas, sus pesares, sus enfermedades y amores y se atrave a calcular su coste en dolores, lesiones, desgaste... en vez de sumar el precio de los materiales. La teleoperadora no consigue deshacerse, fuera del horario laboral, de la eterna falsa risa y el tono impostado que usa al hablar por teléfono...
Cada uno trabaja, reflexiona y se expone en su desnudez laboral ante los espectadores que se aburren, se excitan, se extasian o montan el cólera ante aquello que no aciertan a calificar. ¿teatro, circo, arte, experimento, performance, tontuna, broma y zoológico? Esos son los tags de las conversaciones no solo del público, sino de sesudos periodistas, comentaristas, tertualianos, críticos que ya prestan atención a aquel ¿teatro, circo, arte, experimento...? y se preguntan si aquello es trabajo, si una actividad sin producción, sin planificar, sin objetivos es o no es trabajo. “Qué quieres que te diga –afirma la limpiadora–, sea lo que sea yo trabajo como toda la vida, si soy una obra de arte o un conejillo de indias no noto la diferencia cuando tengo que fregar el váter”. 

Que-re-mos-saber
Y cuando todo parece estar organizado y funcionar, de manera extraña, pero funcionar al fin y al cabo, comienzan a producirse una serie de cambios que harán tambalear la empresa. Algunos trabajadores reciben el encargo de aumentar su producción, subir el ritmo, hacer más horas... Los protagonistas comienzan a hablar entre ellos, a la vista del entusiasmado público, o se reúnen fuera del horario laboral. Algunos aceptan, otros están decididos a hacer algo, hablan de asesorarse, denunciar... Comienzan también las sospechas entre ellos, las suspicacias sobre la existencia de chivatos, colaboradores, una mano negra aliada de la mano invisible... Siguen los cambios, las novedades en forma de promoción, el resentimiento que emerge, la envidia latente, la rebelión de la costurera que se cruza de brazos como gesto de protesta, la limpiadora que desaparece... ¿La han echado o se ha ido por voluntad propia? ¿Qué pasará entonces? se preguntan los trabajadores. ¿Serán sustituidos por otro trabajadores que, atónitos por las condiciones, realicen obedientemente las tareas? Que-re-mos-saber. Que-re-mos-saber, clama el público que no sabe qué está pasando y ve esfumarse el entretenimiento. Eso es lo que querrían ellos: saber y “que apareciese de repente un misterioso personaje para desvelarles el secreto, que saliese alguien de la tarta y cayese el telón entre aplausos”. 

Estampida final
Eso no ocurre. Lo que ocurre es que más trabajadores desertan y con ellos la acción bajo los focos y el público. Todos van abandonando la nave, su puesto de trabajo, las gradas... El espectáculo se desmorona y solo resisten los últimos. “¿Pues qué vamos a hacer, dice el carnicero (...): seguir trabajando, seguir trabajando”. El último que apague la luz. Es el vigilante el que echa el cierre. La mano invisible permanece invisible, más invisible que nunca, tan invisible como siempre en medio de la nave arrasada, abandonada ya. ¿Era trabajo aquello? ¿Qué demonios fue? Los antiguos personajes, convertidos en fantasmas del pasado, prosiguen sus disquisiciones: “Ese es el problema, interrumpe la administrativa (...): ese es el problema, que no sabemos qué es esto, ni para quién trabajamos ni para qué. Yo incluso dudo de si estamos trabajando, comenta el albañil”. En los oídos de los incrédulos resuenan las palabras de la teleoperadora: “A mí este puto dolor de cabeza solo me lo pone el trabajo”.❖ Filosofía Hoy

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