3/18/2014

LOS FILÓSOFOS PRESOCRÁTICOS

Posted by Edwin Yanes on martes, marzo 18, 2014 in , | No comments
SE LLAMAN presocráticos, los partidarios del régimen político llamado presocracia, que se diferencia de la democracia en que, mientras en ésta gobierna el “demos”, es decir, el pueblo (”demos”: pueblo; “kratos”: gobierno), en aquélla gobiernan los presos (“preso”: presos; “kratos”: gobierno).

Esta teoría era utópica. Es imposible que los presos gobiernen, por razones prácticas y lógicas. En efecto, si están presos no pueden asistir al Parlamento, y, si los dejan ir, se dictan una ley de amnistía.
Por estas razones, la presocracia como ideal político decayó rápidamente, y desde la antigüedad no han existido más filósofos presocráticos.

Los presocráticos se caracterizaron porque los preocupó fundamentalmente averiguar de qué substancia fue hecho el mundo. Aunque se esforzaron mu‐cho, no encontraron una respuesta satisfactoria, pero su preocupación por este problema les sirvió de excusa para pasarse tardes enteras charlando con los amigos.

Satirófanes, el Padre de la Filosofía
EL PRIMER filósofo de quien se tienen noticias fue un tal Satirófanes, que vivió en Asia Menor hace dos mil quinientos años1. A ese primer filósofo no se le menciona generalmente por su nombre verdadero —Satirófanes—, sino por su apodo, que se originó de la manera que vamos a relatar.
Satirófanes era un hombre joven y muy tenorio, que tenía de vecina a una italianita bella, graciosa y lozana como pocas. Los muchachos del barrio estaban locos por ella, y al pasar le decían mil piropos, a cuál más fino y elegante.
—Adiós, diosa de la fecundidad —le decía uno.
—Hija de Baco, eres embriagadora como el vino —agregaba otro.
Pero ella, quizá porque no conocía bien el idioma —pues había abandonado Italia poco tiempo antes—, o tal vez porque era orgullosa y tenía esa frialdad aparente de las mujeres hermosas, no se daba por enterada.
Una noche, al salir Satirófanes de un templo donde había estado rindiendo culto al dios Baco, y todavía sumido en el éxtasis que produce dicha adoración, decidió dar una sorpresa a su. bella vecina. Pasan‐do sin dilación del pensamiento al hecho, se dirigió rápidamente a la casa de ella, se introdujo por una ventana en la habitación de la niña, se agazapó entre las sábanas, y se dispuso a esperar que llegara.

Al poco rato entró la joven, con una lam‐parilla de aceite cuya llama oscilaba y hacía bailar las sombras de la habitación, de modo que no advirtió que en la cama había gato encerrado, o, mejor dicho, filósofo escondido.
Así, pues, totalmente despreocupada, la italianita se desnudó. Satirófanes no podía verla desde su escon‐drijo, pero se consolaba pensando que, dentro de algunos momentos, no sólo la vería, sino que la tocaría, y como decía el poeta, tocare est melior quae videre.
La joven se introdujo en la cama. Ahogó un grito. Dio un salto. Tomó la tranca de la puerta, y, con una fuerza increíble en tan delicada criatura, propinó a Satirófanes repetidos golpes, al tiempo que gritaba:
—¡O tales de mi letto o ío quiamo a los carabinieri!...
Satirófanes saltó de la cama, corrió hacia la ventana y salió a la calle, pero los estridentes gritos de la joven habían atraído a los vecinos y transeúntes, así es que se encontró en medio de un grupo de curiosos que, adivinando lo sucedido, lo miraban con expresión burlona. Satirófanes quiso alejarse rápidamente, pero alguien gritó:
—¡O tales de mi letto o ío quiamo a los carabinieri!...
La ocurrencia fue recibida con grandes carcajadas, y todo el grupo corrió tras Satirófanes y alrededor de él, gritando, como la italiana lo había hecho:
—¡O tales de mi letto...!
La historia sabrosa de la frustrada aventura corrió por toda la ciudad, y desde entonces, cada vez que Satirófanes salía a la calle, algún chusco le gritaba aquella frase que le recordaba su fracasada conquista:
—¡Tales de mi letto!
Esta situación mortificó tanto a Satirófanes, que abandonó Asia Menor; se fue a Egipto y allí se entregó a la meditación.
Aquel episodio, que se originó por beber vino en exceso, se confabuló con la sequedad de Egipto, país en que el agua era más apreciada que el oro, para hacer que Satirófanes —o Tales de Mileto, nombre con que pasó a la historia— sintiera un gran amor, por el agua. A tanto llegó este amor místico por el agua, que el único fruto de sus meditaciones fue este pensamiento:
“Todas las cosas fueron hechas de agua”.
En aquella época, quinientos años antes de Cristo, era muy poca la gente que formulaba pensamientos interesantes, así es que esa frase fue suficiente para que Tales fuera considerado desde entonces uno de los Siete Sabios de Grecia. Con tal título, Satirófanes, alias Tales de Mileto, se convirtió en un personaje ilustre, cuya fama aprovecharon sus coterráneos para dar renombre —quizá con el propó‐sito de fomentar el turismo— a la ciudad en que el filósofo nació, llamada Satirió‐polis. Así, pues, le cambiaron ese nombre por el de Mileto, y en ella construyeron una enorme escuela destinada a divulgar las ideas del “sabio”. En la fachada de la escuela escribieron, con grandes letras de oro, su “doctrina”:
TODAS LAS COSAS FUERON HECHAS DE AGUA
Esa fue la célebre Escuela de Mileto.

Fuente: Libro los escandalosos amores de los filósofos 

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