4/22/2014

ES RACIONAL CREER EN DIOS

Posted by Edwin Yanes on martes, abril 22, 2014 in , | No comments
Cada cierto tiempo suele producirse algún enfrentamiento memorable entre dos filósofos de tendencias contrapuestas. En los años 20, Russell criticó a Bergson por no entender la física relativista; en los 30, Carnap ridiculizó la forma de filosofar de Heidegger en un célebre artículo; en los 60, Searle y Derrida se enzarzaron en una polémica sobre cuál era la interpretación correcta de un elemento de la filosofía de Austin; y en los 90 se montó un escándalo por la parodia que escribió Sokal de la filosofía posmoderna. Parece como si el enfrentamiento fuese algo connatural al temperamento filosófico. El último episodio entre dos sensibilidades filosóficas antagónicas (que antes estaban en el mismo bando, el del ateísmo) lo han protagonizado Antony Flew y Richard Dawkins.


Dawkins: orgullo de ser ateo

Dawkins es un destacado biólogo conocido por su labor de divulgador científico, aunque últimamente se ha centrado más en criticar a las religiones establecidas y reivindicar que los ateos tengan más presencia pública en los medios de comunicación y en las instituciones. “Hoy, el estatus de los ateos en Estados Unidos es equivalente al que tenían los homosexuales hace 50 años. […] La razón por la que tantas personas no reparan en los ateos es que muchos somos reacios a ‘mostrarnos’. Mi sueño es que este libro pueda ayudar a la gente a ‘salir a la luz’, como sucedió con el movimiento gay […]. Es necesario que se dé una masa crítica para que se inicie la reacción en cadena”, escribe en El espejismo de Dios. En el libro, Dawkins se adentra en el terreno de la filosofía de la religión y levanta una polvareda con su estilo ácido y desenfadado. Reivindica el orgullo de ser ateo y no cree que uno tenga que pedir disculpas por serlo (más bien al contrario). Propone, además, el término bright (que en inglés significa brillante o lúcido) como autodenominación en el que el colectivo no teísta podría reconocerse, de manera similar a como hizo el colectivo homosexual con el término gay (que en inglés significa alegre, jovial). Al comienzo del libro confiesa que su propósito es despertar las conciencias de los agnósticos y los indecisos, y sobre todo, las de los creyentes. Su ilusión sería que los lectores religiosos que abriesen el libro fuesen ateos cuando lo cerrasen. 

Flew: el ateo sistemático…

Uno podría pensar que el adversario de Dawkins es el típico católico tradicionalista tipo Menéndez Pelayo, dispuesto a combatir la heterodoxia allí donde se encuentre. Nada más alejado de la realidad: Antony Flew ha sido (pues murió hace tres años) el filósofo ateo más conocido de la segunda mitad del siglo xx, al menos en el ámbito anglosajón. Durante la primera mitad, la figura del “filósofo ateo” estaba representada a partes iguales por Bertrand Russell y Jean Paul Sartre. Pero a diferencia de ellos (que solo escribieron ensayos circunstanciales sobre la cuestión), la demolición de la creencia religiosa se convirtió para Flew en un elemento fundamental de su trabajo filosófico, al que dedicó varias obras importantes que marcaron un antes y un después dentro del campo de la filosofía de la religión y de la historia del ateísmo. “No es arriesgado afirmar que, en los últimos cien años, ningún filósofo ha desarrollado el tipo de exposición –sistemática, omnicomprensiva, original e influyente– del ateísmo que puede encontrarse en los 50 años de escritura antiteológica de Antony Flew. Antes de él, las grandes apologías del ateísmo fueron las de los pensadores de la Ilustración como David Hume y los filósofos alemanes del siglo XIX como Arthur Schopenhauer, Ludwig Feuerbach y Friedrich Nietzsche”, escribe Roy Varghese con cierta exageración en el prefacio de Dios existe (Trotta, 2012), el libro donde Antony Flew renuncia a su ateísmo y se vuelve deísta, es decir, donde reconoce la existencia de un dios creador según los nuevos avances de la ciencia.

…QUE se “convirtió” al deísmo 

El escándalo saltó a la red cuando empezó a hablarse de que, repentinamente, “el ateo más famoso del mundo” se había convertido al teísmo. Él mismo reconoce en este polémico libro (que por lo visto no escribió él, sino que se lo dictó al tal Varghese) que no se ha convertido en teísta (es decir, que no cree en alguna de las religiones establecidas), sino solo en deísta (como Voltaire y otros ilustrados del XVIII), pues cree “que el universo fue traído a la existencia por una Inteligencia infinita”, aunque sigue negando la existencia de una vida de ultratumba. Flew defiende el derecho a cambiar de opinión sobre un tema fundamental en cualquier momento (aunque uno tenga 85 años), mientras uno aporte razones pertinentes y esté dispuesto a someterlas a discusión. De hecho, antes de ser un firme defensor del libre mercado había sido marxista y hace más de 20 años que se retractó de la opinión de que todas las decisiones humanas están determinadas por causas físicas. Ahora parece que el que antaño fue un fiero combatiente del teísmo se ha vuelto hoy un manso deísta y, como otros célebres casos anteriores (el más notorio sería el del filósofo García Morente), el bando teísta aprovecha para presentar como ejemplo perfecto de oveja descarriada que finalmente vuelve al redil de las creencias verdaderas y al que hay que recibir como a un “hijo pródigo”. Esto es lo que Dawkins insinúa en la página 107 de la nueva traducción de El espejismo de Dios cuando se pregunta “si Flew se da cuenta de que está siendo utilizado” por los creyentes, para comentar después que “es posible que la supuesta conversión de Flew sea recompensada con el premio Templeton”, un galardón de más de un millón y medio de dólares que anualmente concede la Fundación Templeton a una persona viva que haya hecho una contribución excepcional a afirmar la dimensión espiritual de la vida. Con este comentario mordaz, Dawkins está insinuando la “prostitución intelectual” de ciertos científicos y pensadores (o al menos, su instrumentalización, si ellos no son conscientes del todo) al servicio de unas creencias irracionales y deletéreas contrarias al método científico. Parece que la querella entre los dos pensadores viene de antiguo, cuando Dawkins publicó El gen egoísta (Salvat, 2000) y Flew escribió que era “un ejercicio mayúsculo de mixtificación popular”, una obra de divulgación “nociva a su manera, igual que lo habían sido El mono desnudo o El zoo humano de Desmond Morris”. 

El Dios de Aristóteles 

Decía Einstein que él creía en el Dios de Spinoza (que consideraba que Dios y la naturaleza eran la misma sustancia), y Flew declara en el libro de manera einsteniana que él cree en el Dios de Aristóteles (ese motor inmóvil que mueve el mundo y al que todo tiende). Uno de los elementos fundamentales de la disputa entre los dos autores es la cuestión de si Einstein era ateo (como defiende de manera muy convincente Dawkins al principio de su libro) o no, y por extensión, la de si los descubrimientos científicos nos acercan a la religión o más bien nos alejan de ella. Flew se esfuerza en demostrar que Einstein no era ateo ni panteísta (como Spinoza), y que como tampoco creía en un Dios personal, solo podía ser una especie de deísta (como Aristóteles). Y cita, además, los testimonios de una larga lista de científicos eminentes de principios de siglo (Heisenberg, Schrödinger, Planck…) y teólogos contemporáneos (sobre todo Swinburne) que, a modo de argumento de autoridad, demostrarían que la ciencia nos conduce inexorablemente a la religión, puesto que “la ciencia se basa en el presupuesto de que el universo es totalmente racional y lógico en todos sus niveles”. Entonces, si fuese así, ¿por qué hay tantos científicos (Weinberg, Hawking...) que son ateos? Según revela una reciente encuesta, el 91% de los científicos norteamericanos más importantes (los que son miembros de la Academia de las Ciencias) no creen en un Dios personal. 
La verdad es que es difícil creer a Flew (o a su ventrílocuo Varghese) cuando afirma sin tapujos que las apenas 15 páginas del apéndice del libro escritas por el obispo Wright son “el mejor alegato en favor de las creencias cristianas que haya visto nunca”. Ya no haría falta, pues, leer las casi 900 páginas de ¿Existe Dios?, de Hans Küng, ni tampoco ninguno de los voluminosos tratados de los “nuevos teólogos” como Richard Swinburne (La existencia de Dios), Alvin Plantinga (Knowledge of God), Arthur Peacocke (Los caminos de la ciencia hacia Dios) o John Polkinghorne (La fe de un físico). Cuando Flew anuncia que el “cristianismo es la religión que más claramente merece ser honrada y respetada” y que “no hay nada comparable a la combinación de una figura carismática como Jesús y un intelectual de primera clase como San Pablo”, entonces empieza uno a sospechar que los rumores de que el libro refleja más las ideas de Varghese que las de Flew son ciertos (pues algunos críticos han detectado demasiados giros norteamericanos que un británico como Antony no utilizaría jamás).

Duro con la irracionalidad

A qué viene entonces tanto escándalo? ¿Es que un filósofo provecto no puede cambiar de opinión? Lo que aquí se dilucida en realidad es un problema más sutil e importante: la crítica despiadada de los nuevos ateos a la irracionalidad y peligrosidad de las creencias religiosas monoteístas, y muy especialmente al cristianismo y al islam. Y el libro de Flew-Varghese no es más que el enésimo contraataque del bando teísta a la furibunda “salida del armario” de los nuevos ateos. El verdadero objetivo de este panfleto es contrarrestar el éxito mediático de ese peligroso fenómeno conocido como “nuevo ateísmo” y atacar sus fundamentos epistemológicos (su burdo positivismo, a juzgar por sus críticos). La idea es dar a conocer a ese grupo de “nuevos teólogos” de origen anglosajón, poco conocidos aquí, y que Dawkins critica de manera inmisericorde en su libro tildándolos de “razonamientos grotescos típicos de las mentes teológicas”, especialmente un pasaje de Swinburne en el que “trató de justificar el holocausto basándose en que este había dado a los judíos la oportunidad de mostrarse valerosos y nobles”.
El fenómeno del nuevo ateísmo está formado por un grupo de pensadores norteamericanos (Dennet, Harris, Stenger) y europeos (Hitchens, Grayling, Onfray y Odifreddi) que han tenido un gran éxito de ventas y una enorme repercusión mediática. Romper el hechizo, de Daniel Dennet; El fin de la fe, de Sam Harris; Dios no es bueno y Dios no existe, de Cristopher Hitchens; ¿Existe Dios? El gran enigma, de Victor Stenger; Contra todos los dioses, de A. C. Grayling; Tratado de ateología, de Michel Onfray; o Por qué no podemos ser cristianos, de Piergiorgio Odifreddi, han conseguido en la esfera pública lo que denodadamente intentaron conseguir los ateos decimonónicos (como Marx, Freud o Nietzsche): expandir el número de no creyentes a un número crítico estadísticamente relevante que cambiara los cimientos de la sociedad y sus instituciones. Su tesis principal es que hoy día, con el conocimiento científico que poseemos, no es razonable ser creyente, aunque los teístas más sofisticados pretendan fundamentar su creencia en Dios en el teorema de Bayes, la lógica modal, el principio antrópico o los arcanos de la astrofísica. 
Este ateísmo beligerante y sin complejos, que ya no teme resguardarse bajo la cómoda etiqueta de “agnosticismo” (que es el paraguas donde se resguardan los tibios de espíritu, pues el agnóstico vive en realidad como si Dios no existiera, es decir, que en la práctica se comporta como un ateo aunque en teoría no admita serlo), ha suscitado una rápida reacción de los teístas más avispados, que se han apresurado en publicar una serie de obras críticas con estos autores, como Dawkins en observación, de S. Hahn; Dios y el nuevo ateísmo, de J. Haught; El nuevo ateísmo, de F. Conesa; Eclipse de Dios, de J. Ayllón; y Razón, fe y revolución, de Terry Eagleton. 
Si Dawkins ha capitalizado la mayor atención y críticas en el orbe anglosajón, Onfray lo ha hecho en el mundo francófono, pues su Tratado de ateología ha concitado al menos dos libros en su contra: L´anti-traité d´atheologie, de Matthieu Baumier, y Dieu avec esprit: Réponse à Michel Onfray, de Irène Fernandez.

¿Es posible el diálogo?

Entonces, ¿es posible el diálogo entre el ateo y el creyente? Algunos lo han intentado, con relativo éxito. Habermas dialogó con Ratzinger antes de que este fuese papa, como queda reflejado en Entre razón y religión: dialéctica de la secularización, aunque a algunos (como Flores d´Arcais) les parezca que el primero ha cedido más frente al segundo al decir que hay que “entender el proceso de secularización cultural y social como un doble proceso de aprendizaje que fuerce tanto a las tradiciones de la Ilustración como a las enseñanzas religiosas a una reflexión sobre sus respectivos límites” y que “la filosofía tiene motivos para mostrarse dispuesta a aprender frente a las tradiciones religiosas”. Vattimo, que considera que en nuestra época posmoderna no tiene sentido defender de manera fuerte el ateísmo y que ha recuperado de manera debilitada la fe católica de su infancia, recientemente ha mantenido un diálogo con ateos como Onfray o Flores recogido en ¿Ateos o creyentes?, y con teístas como Girard (¿Verdad o fe débil? Diálogo sobre cristianismo y relativismo). 
En España acaba de editarse una obra colectiva (¿Dios a la vista?) que reúne a los más destacados intelectuales españoles (creyentes y ateos) para reflexionar sobre esto, aunque más que un diálogo es una yuxtaposición de artículos que quizás deja caer la balanza más del lado teísta. Un verdadero diálogo podría encontrarse en Con o sin dios, un epistolario entre un filósofo creyente, Francesc Torralba, y un escritor agnóstico, Vicenç Villatoro, o en Hablemos de Dios, el cruce de cartas entre Victoria Camps y Amelia Valcárcel, que se han esforzado por entender el resurgimiento de la problemática religiosa desde una perspectiva secular.
Dentro de este grupo de ateos que encuentran que la religión representa algunos valores a preservar estarían Comte-Sponville (El alma del ateísmo: Introducción a una espiritualidad sin Dios), y Alain de Botton, que en Religión para ateos propone que los ateos inventen ciertos rituales e instituciones que sustituyan a los religiosos. De Botton considera “que se puede estar comprometido con el ateísmo y creer que, esporádicamente, las religiones son útiles, interesantes y consoladoras, y sentir curiosidad por la posibilidad de importar algunas de sus prácticas e ideas a la esfera secular”.
Pero quien, quizá, mejor ejemplifique el deseo de dialogar con la tradición religiosa y la teología es el ateazo marxista Eagleton, que en Razón, fe y revolución arremete contra la parcialidad y cortedad de miras de “Ditchens” (irónico término con el que se refiere a este fenómeno, un híbrido entre Dawkins y Hitchens), que desprecia lo que no conoce (la teología) y caricaturiza burdamente al bando contrario. Para Eagleton, “los fundamentalistas ateos son, en cierto sentido, la imagen especular invertida de los cristianos”, tanto en su desaforado celo como en su carácter obsesivo, pues muestran una “espeluznante ignorancia de la obra de varias generaciones de estudiosos bíblicos modernos”. Su problema es que no logran captar la naturaleza del pensamiento religioso y se comportan como un crítico literario incompetente. Se parecen “a aquel observador que piensa que una novela es un ejercicio defectuoso de sociología, por lo que no es capaz de verle sentido”. Al final del libro Eagleton se plantea la pregunta del millón: “¿Por qué somos tantos los que, inesperadamente, nos hemos puesto a hablar de Dios? ¿Quién iba a imaginar que la teología asomaría la cabeza de nuevo en este tecnocrático siglo XXI?”. Ahí queda. ❖ Gabriel Arnaiz


Vía: http://filosofiahoy.es/

0 COMENTARIOS/OPINIONES:

Publicar un comentario en la entrada

Tus comentarios son el motor que me impulsan a seguir publicando...gracias.