5/14/2014

EL MISTERIO DE LO EVIDENTE

Posted by Edwin Yanes on miércoles, mayo 14, 2014 in , | No comments
Dime, mujer, donde escondes tu misterio/más secreta cuanto más te desnudas (...)”. El poeta Tomás Segovia refuta –a su siempre hermosa manera– ese lugar común que dice que el misterio se acaba con la exhibición, y que es mejor sugerir que mostrar... Patrañas de malos autores. Y artistas. Porque algunos elegidos demuestran como él, como Hopper, que el misterio mayor es el que arranca ante la evidencia, ante la realidad desvelada, exhibida, desnuda y desnudada.
 La pintura de Hopper es el gesto de quien armado con un catalejo se dedica, desde el silencio de su habitación, a mirar por la ventana la casa, el bar de enfrente. Ahí está la realidad, los personajes de cada día –sí, esos que no nos importan– singularizados por una mirada atenta. Charlan, leen, toman algo, esperan, hacen nada... Hacen lo que todos, vaya, lo que nosotros. Y de ese reconocimiento surge algo conmovedor, una especie de lejano hermanamiento o compasión. Porque hemos esperado solos en la barra de un bar que alguien llegara y no llegó; porque nos hemos preguntado al ver una casa extraña, orgullosa y hermética, qué tipo de habitantes tendrían esas paredes, porque una carta nos ha noqueado y porque nos ensimismamos día sí y día también al mirar por la ventana. Por estas razones se nos agrandan las pupilas al contemplar un cuadro de Hopper. Un acto reflejo que habla de emoción, de excitación. Y por esos motivos también cerramos la boca y sobreviene el silencio que tan bien acompaña las imágenes de Hopper como si una campana de vidrio se posara sobre un fragmento de realidad. En ese silencio el pensamiento se dispara a la búsqueda de nuestros propios recuerdos y sensaciones o trata de ponerse en la piel de los protagonistas de los cuadros. Esa introspección, o esa curiosidad, hace que la realidad deje de ser plana, anodina, y se convierta en un relato siempre por contar del que los cuadros de Hopper son frases sueltas, jirones de historias y de vidas que a cada uno de nosotros toca unir, recomponer, imaginar. 

SU VIDA


Fue tan discreta, contenida y misteriosa como sus cuadros. Si algo más se sabe de su biografía es gracias a su esposa, la también pintora Josephine, que escribió diarios durante los más de 40 años de matrimonio que compartió con él. 

Edward Hopper nació el 22 de julio de 1882 en una familia acomodada de un barrio acomodado de Nueva York. Fue un buen estudiante y un pintor precoz. En el imaginario de sus primeras obras estaba presente ya la que luego se convertiría en su gran pasión: navegar.

En 1906, viaja a un París en plena ebullición artística que no le suscita ningún entusiasmo. Hopper no es un hombre, un artista de su época, y se interesa y se entusiasma con Rembrandt, Velázquez y Goya.

En 1924, se casa con Jo (Josephine Nivison), una antigua amiga que era todo lo contrario a él: abierta, sociable, liberal... Las peleas serán una constante de su larga vida en común. La pintura los reconciliaba. Jo, además de ser pintora, fue también modelo de Hopper en muchas de sus obras. 

Cuando Hopper comenzaba a ser conocido y reclamado por críticos y periodistas para hablar sobre su peculiar estilo, se enfundaba tras un categórico: “Siempre he querido ser yo mismo”. 
Una de sus más conocidas declaraciones dice: “La vida interior de una persona es un reino vasto y variado y no se preocupa con arreglos de color, forma o diseño”. 

Hopper murió en 1967. Su esposa, 10 meses después. ❖ Pilar Gómez
Fuente: http://filosofiahoy.es/

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