7/21/2014

LA VERDAD, FUNDAMENTO DE LA COMUNICACIÓN

Posted by Edwin Yanes on lunes, julio 21, 2014 in , | No comments
*Lic. Sergio Checchi
La verdad es la cenicienta de la comunicación. La Cenicienta – como ustedes recuerdan – era la despreciada y olvidada de la famosa fábula. Pues bien, eso es la verdad: la olvidada en la telaraña de la comunicación, o mejor dicho, de la pseudo-comunicación.
¿Quién se preocupa de la verdad cuando los hombres opinan, y toman posición a favor o en contra, sobre el conflicto, por ejemplo, entre Israel e Hizbollah, o entre los partidarios del TLC y sus opositores, o entre los que impulsan la experimentación en células-madre embrionarias y sus adversarios, o entre los maestros del país y el Ministerio de Educación, o entre los que piden oportunidades para los ilegales y los que los reembarcarían? ¿Quién está pensando en la verdad, cuando la multitud va por la avenida con pancartas, gritos y consignas? Pueden mucho más los intereses económicos y comerciales, ideológicos y políticos, o simplemente el prestigio de parte y la terquedad.

Y sin embargo la verdad está en la base de la auténtica comunicación. Sin la verdad, se cortan todos los puentes de la comunicación, y prevalecen la fuerza, la presión, el dinero, las “mordidas”. La verdad, en cambio, garantiza nuestra comunicación con las cosas, o mejor, “es” nuestra comunicación con las cosas, y ésta a su vez garantiza nuestra comunicación con los demás. Si no hay verdad, el pensamiento no aterriza, vaga en el vacío, y las palabras son sonidos engañosos o sin sentido.

Pero, ¿qué es la verdad? Se lo preguntó Pilato a Jesús, pero no esperó la respuesta. ¡Lástima! De la “verdad” se han dado en la historia incontables definiciones, de acuerdo a las incontables teorías del ser y del conocer. Sobre la verdad opinaron Parménides, Platón y Aristóteles, Agustín, Anselmo y Tomás de Aquino, Descartes, Malebranche, Spinoza y Leibniz, Kant y Hegel, Heidegger y Jaspers, hasta los maestros del pensamiento débil. Todos lo han hecho con seriedad, de acuerdo con sus sistemas de pensamiento.

No es posible, evidentemente, ponerlos de acuerdo, debido a sus diversas bases filosóficas. Pero creo que tienen algo en común: y es que, cuando hablan de la verdad, todos la conciben como una relación. Y así debe ser: la verdad no se concibe sola, aislada; siempre se nos presenta como una relación; una relación de “adecuación”, o sea de correspondencia, de conformidad del pensamiento con…, con algo más. Pero ¿qué es ese algo más? Aquí es donde divergen las opiniones de los filósofos. Para los Pitagóricos y algunos medievales una doctrina se consideraba verdadera si concordaba con lo que había enseñado “el maestro” o “el filósofo”. Para Kant nuestros juicios deben adecuarse a las leyes de la mente, es decir a las formas de la razón pura. Para Hegel el conocimiento debe ser coherente consigo mismo, es decir con el sistema de la Idea en desarrollo. Para William James, y de alguna manera para Karl Marx, un enunciado es verdadero si es útil, es decir si tiene capacidad para lograr fines prácticos sociales. Para Lamennais una creencia es verdadera si concuerda con la “tradición”. Para Lotze, Husserl, Hartmann el conocimiento debe conformarse con un mundo ideal de esencias o de valores. Y así podríamos continuar recordando diversas opiniones sobre la esencia de la verdad.

Yo, en cambio, en línea con la gran tradición realista, que procede de Aristóteles, que pasa por los grandes metafísicos medievales y que llega hasta nosotros, vuelvo a proponer el concepto realista de verdad, que después de todo es el concepto común y corriente que todo el mundo tiene de la verdad: es decir, la adecuación, la correspondencia, la conformidad entre nuestro pensamiento y la realidad, entre lo que pensamos de una cosa y la cosa misma, entre los entes y la mente que los piensa, entre los juicios que emitimos y los hechos mismos sobre los que opinamos.

Decía que ése es el concepto de verdad que todos pacíficamente manejamos, a menos que nos hayan contagiado de idealismo, pragmatismo o empirismo. Al médico le exigimos que no se equivoque: que su diagnóstico concuerde con el mal real del enfermo. Al juez le exigimos que no se equivoque: que su veredicto corresponda al auténtico culpable y a la gravedad de los hechos. Al científico le exigimos que sus afirmaciones y cálculos concuerden con los hechos y que lo que él observó puedan observarlo también otros científicos. Al notario que reparte la herencia le exigimos que sea fiel a lo que dice el testamento. Al periodista que nos da una noticia le exigimos que no invente, ni infle ni tergiverse la información, sino que relate lo que realmente sucedió. Y esto que exigimos a los especialistas también nos lo exigimos unos a otros en nuestras normales comunicaciones: que pensemos, juzguemos, hablemos de acuerdo a la realidad, a las cosas como son en sí, a los hechos tal como sucedieron.

Así que, sin dudarlo, podemos adoptar el concepto realista de “verdad”: es decir, estamos en la verdad, pensamos la verdad, decimos la verdad cuando lo que pensamos o decimos de una cosa o de un hecho concuerda con la cosa como es en sí, con el hecho tal como sucedió en la realidad. Por eso los Escolásticos, en forma más concisa, definían la verdad como “adaequatio intellectus et rei”, la adecuación o correspondencia entre el juicio que nos hacemos de una cosa y la cosa misma. Para ser más precisos, ellos distinguían tres clases de verdad: la verdad ontológica, la verdad lógica y la verdad moral. Por verdad ontológica entendían la conformidad de una cosa con la idea primigenia que se tiene de ella. Como cuando decimos: “Esto es oro verdadero; éstas son flores verdaderas; éste es un verdadero caballero, o un verdadero científico, éste es el verdadero culpable, etc.” Es como decir que algo es auténtico, o genuino; que no es falso, no es adulterado, no es imitación, no es apariencia; que no lo decimos en sentido metafórico, sino real; que corresponde a la idea que de tal cosa tenemos; que cumple con la esencia de la cosa. Y como los Medievales lo veían todo en la luz de Dios, consideraban que algo es ontológicamente verdadero, e incluso que todos los entes son ontológicamente verdaderos, porque son conformes a la idea según la cual Dios los concibió y los creó. En este sentido consideraban la verdad como un atributo trascendental del ser: “todo ente es verdadero”.

Pero, hablando de comunicación, nos interesa más la segunda clase de verdad: la verdad lógica. El término no gusta, pero es exacto, porque es la verdad del logos, es decir del pensamiento. Un pensamiento es verdadero cuando es conforme con los hechos, cuando corresponde a las cosas. Por ejemplo, si pienso que un átomo de carbono con cuatro de hidrógeno puede formar una molécula de metano, mi pensamiento es verdadero porque corresponde a los hechos, como pueden comprobar los químicos. Y si pienso que entre la Tierra y la Luna caben treinta diámetros terrestres, mi pensamiento es verdadero porque es conforme a lo que han comprobado los astrónomos. Si, en cambio, digo que los delfines son peces, o que Napoleón murió en 1815 en la batalla de Waterloo, mis pensamientos son falsos, errados, desatinados, porque no corresponden a la realidad comprobada, respectivamente, por los zoólogos y los historiadores.

Por último, la verdad moral es la relación de correspondencia o conformidad entre la palabra y el pensamiento, entre lo que uno dice y lo que está pensando. Si soy consciente de que rompí el plato y lo reconozco ante mi mamá, mi palabra es verdadera. Si en cambio soy consciente de que sustraje algo de la oficina y digo que no, que no fui yo, mi palabra no es verdadera, porque no corresponde a lo que estoy pensando.

Suponiendo ahora que los interlocutores quieran ser sinceros y decir lo que piensan (es decir, supuesta la verdad moral), volvamos a la verdad lógica, a la verdad del pensamiento, o sea, a la conformidad de mis conocimientos, de mis juicios, con la realidad, con los hechos, con las cosas. Pero aquí surge una dificultad: ¿cómo sabré que las cosas son como yo las estoy pensando? ¿o que los hechos fueron en realidad como siempre me los contaron? ¿Cómo llegaré a las cosas mismas, para saber que mi pensamiento de ellas las refleja correctamente? Debería ponerme como juez fuera de mi conocimiento y fuera de las cosas para juzgar de la adecuación entre ambos. Pero esto parece imposible: nadie puede despojarse de su propio pensar, como saliendo del mismo, ni acercarse a la realidad con la pretensión de conocerla en forma desnuda, cara a cara; sino que la conocerá a través del lente de su propio pensar. Incluso los Escolásticos decían que “todo lo que se recibe, se recibe según el modo del que lo recibe”. Parece pues imposible llegar a saber si lo que pienso es conforme a las cosas, a los hechos; siempre pensaré las cosas desde mí. El conocimiento parece así condenado al subjetivismo, al relativismo. Así al menos lo han juzgado los escépticos de todas las épocas, desde los antiguos Gorgias de Leontini, Pirrón de Elis, Enesidemo y Sexto Empírico, pasando por los modernos Miguel de Montaigne, David Hume e Immanuel Kant, hasta los actuales abanderados del pensamiento débil.

Algunos, impresionados por esa dificultad, pero necesitando alguna certeza para la vida, han dado respuestas intermedias, tímidas, provisionales…: “Digamos que una opinión es verdadera si es la más probable, la más verosímil, o quizás la más útil, si el ‘sentido común’ o ‘el corazón’ nos dicen que es la correcta”.

A este punto yo quisiera defender o fundamentar el concepto realista del conocimiento. Porque demasiadas veces en la Historia se ha concebido el conocimiento como un diafragma, una pantalla sobre la cual vemos proyectada la imagen (o sensación, o percepción, o impresión, o apariencia, o fenómeno) de la cosa. La cosa misma, la cosa en sí, la cosa real, sería inalcanzable, estaría más allá de esa pantalla, estaría escondida tras el velo de la apariencia. Lo que la mente conoce – según esa concepción – no sería la cosa misma, en su realidad propia, independiente, sino su representación, su “idea”, como la llama Descartes, su “fenómeno”, como lo llama Hume. Ya los Nominalistas decían que “Primum cognitum est ipsa cognitio”, lo que primero la mente conoce es el mismo conocimiento, la idea de la cosa. Pero eso es absurdo, porque abriría un proceso infinito: para conocer esa idea la mente necesitaría la idea de la idea, y así sucesivamente.

Aunque la cosa había empezado con los antiguos sofistas, con los escépticos griegos y con los nominalistas del Bajo Medioevo, fue Descartes quien canonizó esa concepción dualista del conocimiento, donde se distingue un dentro y un fuera del pensamiento. Según Descartes, el alma vive encerrada en la esfera de su propia actividad pensante; ella produce las ideas y está en presencia de esas ideas, las contempla; no puede salir de esa esfera para ponerse ante las cosas mismas. Con eso nacía el famoso “problema del puente”: ¿cómo puedo saber si detrás de esa barrera del pensar, si del otro lado de las ideas, existen realmente las cosas y en qué medida se parecen a la idea de ellas que estoy contemplando? Descartes acudió al criterio de la “idea clara y distinta”: si la idea de algo se me presenta con rasgos de claridad y distinción, diré que ese algo existe realmente; si no, negaré tal existencia.

Algo semejante hizo también Kant: supuso que la “cosa en sí” no se puede conocer, que lo que la mente percibe es el fenómeno, compuesto de una confusa información que procede de la cosa y de las formas a priori puestas por la razón. Los Idealistas post-kantianos terminarán negando totalmente la existencia de las cosas: la idea – dicen – es creación total del Yo. También Hume había negado la existencia de cosas reales, no son demostrables ni son necesarias: sólo existe el fenómeno, la pura percepción, sin sujeto que perciba ni objeto percibido. Tres siglos después de Descartes alguien intentó reaccionar contra esa absurda e inútil concepción dualista del conocimiento: Edmundo Husserl lanzará la consigna “Volvamos a las cosas”, pero al fin él también cayó en el Idealismo; Martin Heidegger dirá que la verdad es el descubrimiento, el des-ocultamiento de las cosas, el estar junto a las cosas; pero no logró aterrizar.

Para mí fueron tres siglos perdidos; perdidos para el estudio del ser, de la realidad, del hombre, de l vida, de la historia…, en aras de grandiosos sistemas de ideas, de ideologías construidas a priori, de utopías, de las cuales ahora nos ha querido liberar el llamado pensamiento débil, que sin embargo se ha ido al otro lado, privándonos del gozo de creer que poco a poco podemos ir conquistando la verdad.

Hay que volver al concepto realista del conocer. Conocer, pensar, no es una esfera cerrada sobre sí misma, no es diafragma o pantalla entre la mente y el ente: al contrario, es apertura a la realidad, es encuentro con la cosa real, es de alguna manera identificación del sujeto con lo existente. Al conocer, no conozco el fenómeno de una cosa, sino la cosa; o mejor, el fenómeno (que en griego significa “lo que se manifiesta”) es la cosa misma, no una representación o sustituto de la cosa (como sería una fotografía respecto de la persona en ella representada, o como las imágenes vistas en sueño respecto de la realidad tras el despertar). Insisto: al conocer, no estoy ante la idea de la cosa, sino ante la cosa misma. La percepción – decían ya los medievales – no es “lo que” conozco, sino sólo el medio “por el que” conozco la cosa. El genuino significado de la palabra “fenómeno” no es, pues, el de una apariencia, detrás de la cual se duda si está o no está la cosa, sino la cosa misma en cuanto se me manifiesta. (Un paréntesis: he usado varias veces los términos “real”, “realidad”. Significan: lo que existe, lo que existe en sí, independientemente de mi acto de conocerlo o pensarlo). Eso es lo que el hombre común y corriente entiende por “conocer”. Cuando tú conversas con un amigo no te pasa por la mente pensar que lo que estás viendo es una imagen del amigo, y que la voz que oyes es una representación de su voz, y que la mano que estrechas es un sustituto de la suya, una sensación engañosa…, una presencia “virtual”.

Esta vuelta al concepto realista del conocer nos abre a una actitud, para mí, bellísima, estimulante. La actitud del explorador. El ser, la realidad, la naturaleza,… están ahí, presentes, se abren ante nosotros, nos invitan a acercarnos, a explorarlos; y nosotros aceptamos el reto, nos adentramos en el ser, exploramos la realidad, con toda nuestra atención, ayudados por los instrumentos intelectuales que sean útiles; vamos descubriendo la naturaleza, sus secretos, sus maravillas, sus diarias novedades…; vemos, tocamos y expresamos nuestra sorpresa, nuestro asombro. Un mundo abierto, siempre más amplio y más profundo, casi inagotable. Y crece nuestra sed de conocer, nuestra curiosidad intelectual. Así lo ha hecho el hombre desde sus orígenes, en sus innumerables emigraciones a la conquista de los continentes. Así lo han hecho los naturalistas, los químicos, los biólogos, todos los científicos. ¡Qué triste debe ser, en cambio, la actitud del escéptico, que desconfiando del poder de su mente se retrae de esa exploración! ¡Qué triste también la actitud del hegeliano o del marxista, que de tal modo creen haber completado y cerrado su sistema filosófico, creado por su mente, que rechazan toda novedad, todo lo que no encaja en su sistema!

La actitud de “explorador del ser” va acompañada de ciertas disposiciones intelectuales y morales: apertura a la novedad, capacidad de asombro, modestia intelectual (equidistante entre el desencanto de los escépticos y el orgullo de los idealistas); y, sobre todo, fidelidad a las cosas que encontramos en ese camino de exploración del ser, porque eso es la verdad. Verdad es el respeto de los datos objetivos, sin inventarlos, sin esconderlos, sin tergiversarlos; es el respeto de los hechos históricos, antes de todo intento de sistematización, interpretación, o explicación. Estar dispuestos, si los hechos me lo exigen, a cambiar mis anteriores convicciones. Eso es la honradez intelectual. Acepto los datos, los hechos, aunque contradigan mis anteriores creencias, prejuicios e intereses.

Nadie tiene el monopolio, la exclusividad, la totalidad de la verdad. La verdad nunca se posee totalmente. La verdad la vamos conquistando, poco a poco. De ella vamos participando progresivamente. Todos somos simples exploradores: algunos van más avanzados, otros más rezagados. La verdad es, pues, más una tarea que una posesión. Y se puede decir que es una tarea en grupo, porque el ser es demasiado amplio y profundo para ser explorado por uno solo. Lo que entre todos vamos conquistando, es patrimonio de la humanidad.

En todo esto nos dan ejemplo los científicos. La observación que ellos hacen de los hechos, la hacen con mucha precisión y escrúpulo, ayudados por instrumentos que aseguren la objetividad. Al comunicar a los colegas sus hallazgos, su lenguaje es escueto y esencial, posiblemente matemático. La posible explicación de los hechos la presentan sólo como hipótesis, dispuestos a modificarla si un colega presenta otra mejor, más fiel a los hechos. Se han dado en la historia guerras de religión, de ideologías, de intereses comerciales, de supremacía territorial y hasta de dinastías, contrastes sobre doctrinas políticas, económicas, sociales, morales… En cambio, no he leído que se hayan dado en la historia guerras de ciencia! En la búsqueda de la verdad, deberíamos imitar el ejemplo de los científicos.

Hay que reconocer que, sobre todo en ciertos campos, saber la verdad es difícil; requiere investigación seria y paciente, imparcial y desapasionada. Piensen en ciertos hechos históricos, en ciertos temas de bioética…; pero hay que buscarla.

Se nos ha ido quedando atrás un tema importante: el del “criterio de la verdad”, es decir, la norma para reconocer lo verdadero de lo falso Supuesta la concepción realista del conocimiento como apertura y encuentro de la mente con la cosa; y supuesta la definición realista de verdad como adecuación o fidelidad del conocimiento a la cosa, queda por ver el criterio que nos asegure que el juicio que damos de una cosa corresponde a lo que la cosa es. ¿Cómo reconocer si hay “adecuación” entre la idea y la realidad? Ese criterio según la tradición realista es la evidencia. La palabra “evidencia” viene de “ver”, ver claramente, ver cara a cara; es cuando a un sujeto abierto y atento se le muestra el objeto en forma presencial y abierta. En ese momento la mente percibe que lo que está juzgando de la cosa corresponde exactamente a lo que la cosa le manifiesta.

Mientras el criterio cartesiano de la “idea clara y distinta” tenía en cuenta sólo una cualidad de la idea (precisamente su “claridad”), en cambio el criterio de la “evidencia” tiene en cuenta tanto el sujeto como el objeto, su recíproca presencia y apertura, que le permite a la mente percibir que hay correspondencia entre lo que el objeto manifiesta de sí y lo que sujeto afirma. Si no tengo esa evidencia, no puedo afirmar algo con certeza (al máximo podré dudar, sospechar, opinar, conjeturar, pero no afirmar); la prudencia y la honradez intelectual me exigen afirmar sólo aquello de lo cual tengo evidencia. (Sigo pensando con horror en los “eslóganes”, las consignas, los prejuicios, los juicios globales, las frases hechas, los intereses, el fanatismo…).

Ahora, esa evidencia a veces es directa, inmediata, como en los juicios de experiencia (“esa puerta está abierta”, “me duele la rodilla”, “ya pasaron dos horas”) o en los juicios intuitivos (principios, axiomas: “el todo es mayor que la parte”, “dos y dos dan cuatro”, “por un punto pueden pasar infinitas rectas”). Otras veces la evidencia es mediata, indirecta, como en las conclusiones de un razonamiento (deductivo o inductivo, como se usa en la lógica, en la matemática, en las ciencias) o como cuando prestamos fe a un testigo (humano o divino), como se usa en la historia, en los reportajes, en la transmisión de las doctrinas religiosas. Esta última, la evidencia mediata, se puede, se debe reconducir a alguna forma de evidencia inmediata. Es decir, que somos como el apóstol Tomás: “Si no veo, no creeré”. Una afirmación es verdadera si “veo”, y sólo si veo, su adecuación a la cosa, al hecho.

En esta tarea de explorar el ser y arrancarle poco a poco sus secretos, es decir, de ir conquistando la verdad, de ir tomando parte en la verdad, me son indispensables ciertas actitudes intelectuales, morales y prácticas: el aprecio por la verdad, el propósito de vivir en la verdad, el deseo de buscarla, el querer saber cómo son o cómo fueron los hechos (aunque afecten a mi patria, a mi partido o a mi religión), la apertura a nuevos conocimientos (aunque éstos vengan a trastornar mis anteriores convicciones o sistema de ideas), la sinceridad conmigo mismo, la decisión de despojarme de prejuicios, fanatismos e intereses. ¡La verdad aunque me duela! Y para eso es necesario leer y estudiar, consultar y dialogar, investigar las cosas y los hechos; tener en cuenta la opinión de los demás, escuchar también la “oposición” (en el seno del Congreso o de cualquier foro). Sin embargo, un grave error (muy actual y muy en uso), es seguir el criterio estadístico, el criterio “democrático”, el de la opinión mayoritaria, que aunque politically correct, no necesariamente es el verdadero (los ejemplos son demasiados).

Una tentación que hay que evitar (ha sido frecuente en la historia) es la de invadir campos de competencia ajena, como cuando el científico pretende dictaminar en el ámbito de la religión o, viceversa, el religioso en el ámbito de la ciencia. Otra tentación es la de sacar de alguna investigación conclusiones demasiado apresuradas, sin las suficientes premisas (también esto es frecuente). Pero cuando hay pasión por la verdad, eso no sucede.

Concluyo. La verdad, siempre parcial e inconclusa, pero abierta a la verdad total, a veces puede doler, quizás avergonzar; pero es la única que ahuyenta las tinieblas de la ignorancia, de los prejuicios, de la intolerancia y del fanatismo; es la única forma de vivir en la luz, en la apertura, en la libertad. “La verdad os hará libres” (Jn 8,32). Amar la verdad, buscar la verdad, vivir en la verdad, decir la verdad. Sólo así la comunicación, entre dos que buscan sinceramente la verdad, será auténtica “comunicación”, abierta, transparente, enriquecedora.

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